El suicidio

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sábado, 7 de marzo de 2009

El psicópata






El psicópata







por Ana Alejandre

Desgraciadamente, el número de individuos que están catalogados como psicópatas es preocupante, según afirma el psicólogo y criminalista, profesor en la Universidad de Valencia, y experto en esta anormalidad psíquica, Vicente Garrido, en su extraordinario libro El psicópata. Esta anomalía no se considera actualmente como enfermedad mental ya que el psicópata no pierde nunca el contacto con la realidad que es la condición que marca el límite entre la enfermedad mental y la característica antisocial llamada psicopatía. Tomando como ejemplo a España, sólo entre los internos en instituciones penitenciarias se contabilizan, al menos, un 20% de psicópatas entre dichos reclusos, porcentaje que habría que aumentar si se sumara al resto de la población que no ha tenido que cumplir condena alguna, pero si presentan dicho trastorno antisocial.

En Nueva York, afirma Garrido, se estiman que unos 200.000 habitantes de esa gran urbe son psicópatas, por lo que todo ciudadano tiene a lo largo de su vida la posibilidad de tratar, al menos, con uno o dos psicópatas, aunque como afirma el especialista citado, lo deseable es que no tuviera que conocer a ninguno por los estragos que dichos individuos causan en quienes tienen la mala fortuna de llegar a conocer y tratar a uno de ellos.

Naturalmente, no todos los psicópatas son criminales ni delincuentes y pueden llevar una vida, muchos de ellos, aparentemente normal y con un trabajo estable en cualquier sector de la actividad humana, pero son todos ellos, asesinos y delincuentes o personas aparentemente integradas en la sociedad, igualmente peligrosos porque, unos y otros, causan daños físicos o psíquicos, graves e irreversibles en quienes tienen la desgracia de topar como semejantes tiburones humanos.

Garrido define perfectamente las características del comportamiento que define a un sujeto como psicópata, sin que por ello tenga que cometer crímenes horrendos o graves delitos, pero sí en todos ellos se dan las características antisociales que presenta este conjunto de seres monstruosos en su actitud y comportamiento. Las notas o señales que hay que tener en cuenta para catalogar a un individuo como psicópata son las siguientes:


Plano emocional y conductal


  • Locuacidad y encanto superficial.

Esto conlleva la utilización sistemática de la mentira para contar historias improbables en las que siempre queda bien, a costa de terceras personas. Quien lo escucha nota siempre que hay una nota extraña en lo que cuenta el psicópata, como si estuviera leyendo un texto que se ha aprendido de memoria. Cuentan historias inverosímiles y procuran siempre echar la culpa de sus errores, de sus acciones a los demás. La mentira y la simulación son sus armas principales en las relaciones humanas.

  • Egocentrismo y exagerado sentido de su propia valía.

Ello provoca que se sientan el “centro del universo”, por lo que creen que son seres superiores por lo que “todo les está permitido” y las normas que siguen son las suyas propias, sin atenerse a ningún principio ético ni moral. Se sienten “un número uno”, por lo que creen que pueden emprender cualquier tarea por complicada que sea, creyendo que por sus cualidades innatas pueden llevarlas a cabo con éxito, aunque cuando llega el momento de la acción no saben cómo terminar lo empezado ni hacer frente a los problemas que se susciten.

  • Ausencia de remordimientos:

No muestran ningún tipo de remordimientos ni sentimiento de culpa por el resultado de sus acciones y el daño físico o moral que hayan podido crear a las víctimas de sus maquinaciones. Cuando afirman que “lo sienten” es mentira, lo que demuestran sus acciones y palabras posteriores ya que siguen reiterando la conducta o actitud que “dicen sentir”. La falta de emotividad en estos sujetos es una de las características principales de su condición de psicópatas.

Cuando se ven sorprendidos en la comisión de los hechos alegan todo tipo de excusas para justificar sus desmanes o niegan también que hayan sido ellos los que cometieron dichos actos.

  • Falta de empatía:

Esta falta de empatía es la que provoca la posible atracción hacia el crimen y la delincuencia que tienen muchos psicópatas y de cuyo cumplimiento depende la educación y ambiente en el que se haya criado que puede evitar o no que lleguen a delinquir.

El psicópata no puede sentir empatía porque no comprende las emociones ni el sufrimiento de los demás. Por eso, cuando decir “sentir pesar” por algo, está fingiendo y sólo expresa una frase de la que comprende el significado intelectual, pero no el emocional del que es un completo analfabeto. El psicópata no sabe lo que son las emociones y, por ello, no puede entender el sufrimiento que causan sus acciones a los demás, ya que los otros son un campo de experimentación para la mente perversa de un psicópata.

Por esa falta de empatía algunos psicópatas, los menos, pueden cometer actos criminales horrendos, pero el que la mayoría de estos individuos no lleguen a cometerlos no significa que no sean peligrosos que lo son y mucho, porque sus acciones se reducen a un tipo de violencia psicológica en la que predomina su tendencia a manipular y querer dominar a los demás, sin ningún tipo de consideración hacia las necesidades ajenas y hacia el sufrimiento que causan a quienes no pueden defenderse muchas veces, sobre todo si se encuentra dentro del ámbito laboral con un compañero o jefe que es un psicópata, porque además de intentar destruir psicológicamente a su víctima, el psicópata procura no dejar pruebas de sus acciones. Muchos acosadores son psicópatas y el acoso a la víctima se perpetúa durante años, tanto en el ámbito de la empresa pública como privada, sin que los superiores del acosador puedan o quieran remediar tal situación vergonzosa y patológica, porque piensan que quien sufre ese tipo de acoso puede no saber quién es el culpable o no pueda demostrarlo, cometiendo el doble error de mantener a un psicópata en un cargo y creer que va a cambiar de conducta.

El acosador envidia la vida personal y familiar, las facultades intelectuales o morales, la belleza, o el equilibrio emocional de la víctima del acoso y busca desequilibrar emocionalmente a la persona sobre la que ejerce el acoso, porque ese intento de asesinato moral -al igual que el que cometen los asesinos en serie sin ningún tipo de justificación lógica, sino por el simple hecho de matar- es el verdadero fin de todo acoso-. Por ello, el psicópata-acosador no ceja en su intento, sino media una denuncia o una reacción violenta por parte de la víctima, para conseguir su fin de arrebatarle su equilibrio emocional porque no puede soportar ver en el acosado el reflejo contrario a su propia incapacidad, su mediocridad o su propia ignominia.

Por ello, el psicópata-acosador, ridiculiza al acosado a sus espaldas, aunque, cara a cara, quiere convencerlo que es su amigo y confidente, y provoca que otros participen en los huegos de humillación para, después, acusar a sus colaboradores en el macabro juego de ser los responsables directos de las acciones de acoso, y tiene un doble o triple juego porque desprecia a sus compinches, pero los utiliza para sus siniestros propósitos.

  • Mentiroso y manipulador


Mentir, engañar y manipular son las armas favoritas del psicópata y las utiliza continuamente porque Garrido habla de la máscara detrás de la que se esconde. Cuando se ve descubierto en una mentira, cambia la historia por otra para justificar sus embustes y para salir airoso, por lo que el oyente queda confuso y perplejo ante la nueva versión que le da y que no coincide con la anterior. Muchas veces los oyentes de sus patrañas piensan que el psicópata no se acuerda de las mentiras que ha dicho y dudan de su estado mental, pero no es cierto que esté loco, sino que aparenta, en una maniobra de camuflaje, no haber contradicción entre lo que dice ahora y lo que dijo antes, y siempre se ponen en evidencia la desfachatez y la desvergüenza con que intenta engañar a los demás.

Todo esto se debe a que este individuo peligroso está convencido que a los que intenta engañar son siempre unos ingenuos que se merecen el engaño, ya que el psicópata -por su propia megalomanía y su fatal complejo de superioridad -que esconde un tremendo complejo de inferioridad nunca confesado ni aceptado-, piensan que hay dos tipos de personas: uno el que forman los que siempre ganan por méritos propios, entre los que se incluye a sí mismo y, otro, el formado por los que pierden porque se lo merecen por incautos, tontos o débiles.

Además, por su propia vanidad enfermiza, no se da cuenta de que muchas de sus mentiras con completamente pueriles, increíbles y absurdas, ya que está convencido de que es un ser inteligente capaz de engañar a cualquiera, incluso a los que son más inteligentes que él y, por supuesto, más honestos.


  • Emociones superficiales

El psicópata tiene como rasgo principal la falta total de emotividad, por lo que es incapaz de sentir todo el amplio abanico de emociones humanas, aunque, como una extraña paradoja, puede tener episodios puntuales de explosiones de una intensa emotividad, pero siempre son manifestaciones falsas y teatrales para convencer a los demás de que son sujetos normales que “sienten", sabiendo el propio sujeto que es una interpretación para impresionar al auditorio.

Como ejemplo de esta falta total de capacidad de sentir emociones, si se les pide que expliquen lo que sienten con detalles, son incapaces, los psicópatas, de describir con precisión las diferencias sutiles, pero reales y existentes, entre los distintos estados emotivos: tristeza, alegría, sufrimiento, ansiedad, amor u odio, por ejemplo. Parece que los psicópatas no demuestran, en las pruebas realizadas en laboratorios por eminentes psicólogos Johns y Quay, los efectos psicofísicos que provocan el miedo y la ansiedad, ya que afirman estos científicos que el psicópata “conoce la letra pero no la música”, es decir, puede hablar de las emociones, sin poder sentir ninguna de ellas y lo hará “de oídas”, como quien no ha sentido nunca un dolor de muelas y tiene que describirlo con todo detalle según lo que ha oído a quien sí lo han sentido.

Por ello, el psicópata no tiene reacción física y emocional alguna ante algo que le pudiera provocar ansiedad, ya que, aunque la vive como una experiencia cognitiva, es decir, sabe que ese supuesto hecho o situación le puede traer algún tipo de consecuencias, pero ese conocimiento está totalmente desprovisto de cualquier muestra de “sentimiento” de angustia o temor. Y para hacer más comprensible este tipo de atonía emocional, habría que definirlo como quien, siendo un ser humano normal, hablara del enamoramiento de una tercera persona, pero sintiéndose completamente ajeno a dicho sentimiento que “sabe que existe”, pero que lo sabe, únicamente, por referencias de terceros sin que nunca lo haya experimentado personalmente. Por eso, el psicópata saben que las demás personas tienen sentimientos que le son conocidos sólo por referencias externas, pero siendo incapaz de “sentirlos”.

Aspectos del estilo de vida

  • Impulsividad

El psicópata no piensa en los pros y contras de una determinada acción, simplemente actúa. Dicha impulsividad no obedece a un rasgo de carácter del psicópata, sino a un deseo imperioso de obtener satisfacción inmediata de dicha acción por temeraria, arriesgada o indeseable que sea. Cuando quiere algo, lo quiere “aquí y ahora” y sin ningún tipo de obstáculos.

Por ello, es como si el psicópata, de niño, no hubiera aprendido a refrenar sus deseos y a aplazar la satisfacción correspondiente e, incluso, a renunciar cuando no es conveniente conseguir lo deseado. Por eso, el adulto sigue teniendo una conducta caprichosa y exigente.

Además de su exigencia de gratificación inmediata, el psicópata no tiene en cuenta ni le importan los sentimientos, deseos o derechos ajenos. Por eso, su conducta es errática, impredecible y sin que haya forma alguna de saber por qué actúa ahora y no en otro momento, ya que las circunstancias en las que se producen los hechos del psicópata pueden no haber cambiado. Ni siquiera él mismo sabe por qué actúa en un momento dado y no en otro, sin que las circunstancias tengan nada que ver en su conducta errática.

  • Deficiente control de la conducta

Además de su impredecible conducta, el psicópata se caracteriza por las reacciones absolutamente irracionales, agresivas o explosivas que tiene ante lo que considera que son provocaciones o insultos, reaccionando con absoluta violencia física o verbal. Por ello, sus reacciones son siempre muy violentas cuando tienen que enfrentarse a los problemas y a los obstáculos que en el campo estudiantil, laboral, familiar o social puede encontrar. Nunca aceptan que tienen un deficiente control de la conducta, aunque haya maltratado psíquica y verbalmente a quien esté a su lado, cuando piensa que está siendo provocado ante una negativa, crítica o simplemente, una negación a sus deseos.

  • Necesidad de excitación continua

Existe en el psicópata una necesidad continua de vivir sensaciones excitantes, ya que el aburrimiento es una constante en su vida y, por ello, busca la escapada a esa atonía vital en la bebida, la droga o las conductas criminales que son siempre las que les pueden proporcionar un mayor nivel de excitación por su peligrosidad y por el sadismo que pueden ejercer sobre las víctimas de tales delitos.

La personalidad del psicópata no se aviene bien a una vida rutinaria y con un trabajo normal, ya que no están capacitados para recibir órdenes.

  • Falta de responsabilidad

El psicópata puede afirmar que se preocupa por familia, su trabajo, sus obligaciones, etc., pero es mentira porque no se ocupa de su economía, el bienestar de los suyos o el cumplimiento de sus obligaciones laborales. Sin embargo, en el mejor de los casos la familia es para este sujeto asocial un simple lugar de descanso personal, pero no de comunicación con los suyos, porque el psicópata no tiene conciencia de pertenecer a una familia. Y en el peor de los supuestos, el psicópata utiliza a su familia para conseguir sus fines económicos, sociales o personales, sin que le importen en ningún momento ni su cónyuge, sus hijos, o padres, etc. Para este tipo de personalidad asocial los miembros de su familia son simplemente objetos para conseguir sus fines y una apariencia de vida normal, porque no hay que olvidar que el psicópata necesita una máscara de normalidad ante la sociedad ya que es un camaleón que sabe ocultar su propia condición de psicópata.

  • Problemas precoces de conducta

Todo psicópata tiene un historial de conducta negativa, violenta y antisocial en la infancia con episodios de maltrato a los animales, abuso del alcohol, conducta precoz y promiscua sexualmente, fugas del domicilio familiar, conducción temeraria y un largo etcétera. Aunque este tipo de conducta se dan en chicos que provienen de familias desestructuradas y de ambientes marginales, sin que sean psicópatas sino el fruto de ambientes criminógenos, sin embargo el psicópata tiene la característica fundamental que desde edades muy precoces dan muestra evidente de crueldad, violencia y sadismo, además de conductas imprevisibles y siempre negativa hacia los demás seres vivos. Muchos de ellos cuando han sido recriminados por su conducta violenta han dicho que lo hacían porque “querían saber qué se sentía al matar o torturar” a un animal o a otro niño. El sadismo siempre está presente en este individuo desalmado, aunque cuando no ejerce la violencia física si lo hace psíquicamente como es el caso de los acosadores que disfrutan si ven que la víctima del acoso tiene miedo.

  • Conducta antisocial adulta

Por ello cuando llega a adulto un psicópata no tiene por qué ser un delincuente en el más puro sentido del término, pero siempre están en el límite de lo delictivo, cometiendo faltas continuas en la circulación, defraudando a Hacienda, engañando sistemáticamente a sus familias o cónyuges y pueden tener, a pesar de ello, un trabajo y una responsabilidad en el sector público o privado –por eso de su necesidad continua de reconocimiento de su ego y su deseo de apariencia de normalidad-. Pero a pesar de eso, debajo de la máscara del camaleón psicópata se esconde un depredador humano que tiene una actitud de normalidad en sociedad y sólo se quita la máscara en la intimidad cuando se convierte, por ejemplo, en un maltratador de mujeres, niños y ancianos –como tantos casos que saltan a la opinión pública de maridos, padres o hijos que maltratan a sus familiares brutal y continuadamente-. Y todo ello, negando siempre la autoría de los hechos, culpando a otros o incluso diciendo que la víctima de su maltrato: esposa, hijo, trabajador a sus órdenes, compañero de trabajo y un largo etcétera, está desequilibrada o tiene problemas personales, conyugales, familiares o simplemente es un mentiroso o calumniador.

De esa forma, obliga a la víctima de su maltrato, acoso o violencia a que acuda a los tribunales con todo tipo de pruebas o, en algunos casos, a acudir a los medios de información para descubrir públicamente y con pruebas al psicópata del marido, compañero o jefe para denunciar los hechos y a quienes sabiéndolo han callado y permitido que el desalmado en cuestión siga teniendo a su alcance a la víctima de su violencia notoria o encubierta, por eso de que todo puede ser un malentendido, una broma o, simplemente, que los hechos no revisten ninguna importancia.

Por ello, es necesario que el psicópata dentro de la familia, el trabajo, el centro de estudios o de la comunidad de vecinos sea descubierto, denunciado y exigirles responsabilidades legales, económicas y penales, indemnizando y restituyendo a la víctima de su violencia física o psíquica su derechos a ser respetada, indemnizada y reconocida coma tal víctima de la violencia patológica, en cualquiera de sus manifestaciones, y que el culpable que es el psicópata, pero no un loco irresponsable, sino plenamente consciente de sus actos, reciba la sanción justa a sus acciones y sobre todo sean advertidos de su calidad de psicópata todos los que tienen la desgracia de convivir con él, trabajar o mantener cualquier tipo de relación

Conclusión.-

Es recomendable leer este libro y cualquiera de los que aparecen citados en él como bibliografía para que cada ciudadano sepa distinguir la conducta normal de la que no lo es, sobre todo si se enmascara de falsa normalidad, y pueda tener un elemento de juicio para saber quién es la persona que le está maltratando, acosando, vigilando o haciéndale la vida imposible, porque si no le puede acosar en el trabajo lo hará en el propio domicilio de la víctima con llamadas continuas con números distintos y muchas veces con la falsa actitud de que “aquí no pasa nada” de quienes toleran y permiten que monstruos de ese calibre puedan ejercer un cargo de responsabilidad, una jefatura en una empresa, la patria potestad de sus hijos y la condición de honrado padre de familia ante la sociedad que ignora el verdadero rostro del camaleón siniestro que se esconde detrás de su máscara de falsa normalidad.

Quien tenga la desgracia de topar con un monstruo de este calibre debe intentar alejarse de él lo más pronto posible, pero si no puede hacerlo por la causa que sea y tiene el valor y la paciencia suficiente debe esperar a tener las pruebas necesarias para llevarlo ante los Tribunales y, mejor aún, ante los medios de comunicación para desenmascarar a semejante monstruo, sobre todo si ocupa un puesto de responsabilidad, porque si algo teme esta especie de sanguijuelas humanas es que le quiten públicamente la máscara de normalidad y de respetabilidad que necesita mantener ante los demás, a no ser en casos excepcionales, para poder seguir recibiendo el respeto –aunque le suele durar sólo un cierto tiempo hasta que son descubiertos y, después, sólo reciben el desprecio y el miedo de algunos-, ese mismo respeto que nunca tuvo el psicópata a los demás, quizás porque se siente ajeno a la propia humanidad de la que forma parte y a la que, por conocerse a sí mismo, tanto desprecia y odia.


Lo que nos ayuda a vivir




Este blog comienza con un nombre que indica cuál va a ser su contenido: los apuntes, si no diarios, sí periódicos y, además, marginales en cuanto que no se encuadran en ninguna temática concreta y sí sobre aspectos llamados marginales sobre aquellos acontecimientos y noticias que nos afectan a todos como meros ciudadanos de un país que se está convirtiendo en tierra de promisión fallida para muchos, los inmigrantes con o sin papeles, y para la mayoría de los ciudadanos en un escenario donde se desarrolla una gran farsa: la de la supuesta pacificación del conflicto de Euskadi y las negociaciones entre el Gobierno y los que han estado durante más de treinta años declarando la guerra al Estado español, a la propia nación vasca y a la ciudadanía española, convirtiéndose ahora en supuestos interlocutores válidos para resolver y pacificar a una tierra y a un país entero al que no han dejado en paz en todos esos largos años, sembrándolo de cadáveres, de sufrimiento y terror. Se da así la paradoja de que, ahora, los lobos quieren guardar a los corderos por el bien de todos...


Las noticias de corrupción urbanísticas, los problemas creados por la inmigración descontrolada, entre los que se cuentan el aumento incansable de delitos cometidos por parte de los inmigrantes, casi todos ilegales, lo que produce que más de un 60% de los reclusos en las cárceles españolas son extranjeros; la inseguridad ciudadana; la falta de perspectivas laborales para los jóvenes; la imposibilidad de encontrar trabajo para los mayores de 45 años que se encuentren en esa tesitura; la carestía de la vivienda y un largo etcétera, hace que abrir los periódicos por las mañanas o escuchar los noticiarios de la televisión y radio sea como dar un salto al vacío cada día entre catástrofes naturales, accidentes, sucesos violentos, guerras en otros países, corrupción política y todo el muestrario de horrores, barbaries, violencia y terror que nos inunda y que hace que el ciudadano tenga poco resquicio para la esperanza, a pesar de poseer un sano optimismo y un deseo de ver la vida positivamente.

Sin embargo, quizás lo que ayuda al ser humano entre tanto confusión, problemas, amenazas de todo tipo, desde las de un planeta que está siendo explotado hasta niveles suicidas, hasta las que provienen del terrorismo, las enfermedades incurables, los accidentes inesperados que truncan vidas, familias y futuros y los propios problemas personales y emocionales, es el propio deseo de vivir y la esperanza que nace de todo ese conjunto de expectativas, ilusiones y deseos y, por ello, cada día, nos parece nuevo en posibilidades a alcanzar, como si el velo de una ligera amnesia nos hiciera olvidar, al menos en apariencia aunque subyace en la memoria, los fracasos, desilusiones, pequeñas o grandes derrotas del día a día.


Gracias a ese mecanismo de defensa ante la depresión y la sensación de que nada merece la pena en un mundo cuya complejidad y dureza se nos recuerda cada día, es la que nos mantiene vivos y, sobre todo, con deseo de luchar, de levantarse cada mañana, pensando que ese nuevo día nos ofrece nuevas posibilidades, otros retos por los que merece la pena luchar y seguir viviendo, en un piadoso y siempre reconfortante autoengaño que la Naturaleza, siempre sabia, ha sabido imprimir en cada ser vivo, humano o no, para que el milagro de la vida pueda renovarse cada día, exceptuando a quienes por depresión profunda, o enfermedades terminales, pierden, definitivamente, el sentido de la vida y el deseo de seguir luchando, porque ya no tienen más futuro que alcanzar que su propio dolor y su sufrimiento cada día renacido en una nueva tortura.


Naturalmente, aparte de esos casos extremos y terribles, todos vamos viviendo, sobreviviendo entre la desilusión, el fracaso, más o menos acusado por temporadas, la frustración de ilusiones no alcanzadas y la sensación de que algo, aunque muchas veces no sepamos qué es, se nos escapa de forma irremediable y es esa sensación de falta de plenitud en los logros y de satisfacción, precisamente, la que nos empuja diariamente a seguir en pos de unas ilusiones, unas metas que, aunque sospechemos que son muchas de ellas inalcanzable, no por ello sentimos menos deseo de esforzarnos en alcanzarlas, porque sabemos que es esa lucha, ese esfuerzo, los que nos validan a nosotros mismos y los que dan el sentido a nuestras vidas, reconociéndonos en nuestros propios sueños a los que, si abandonáramos, quedaríamos huérfanos de todo empuje y de todo estímulo para seguir viviendo porque la vida no es más, ni nos ofrece otra cosa diferente a lo que pongamos en ella, hucha gigante en la que, al romperla, sólo encontraremos las ilusiones, las utopías y los anheloss que, una vez, pusimos en ella y, aunque estén rotos, gastados y caducos, son una parte de nosotros mismos, la misma en la que anida ese tictac, reloj misterioso y tenaz que mide el tiempo que nos ha sido concedido para hacer realidad nuestros propios sueños.


Ana Alejandre

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