Síndrome de Hikikomori

viernes, 31 de agosto de 2018

El síndrome de Hikikomori





Se llama así al que padece la persona que se queda voluntariamente recluidas en su casa, huyendo de toda obligación, tanto estudiantil como laboral, así como también elude las relaciones sociales y familiares más íntimas.

El término Hikikomori fue creado por el psiquiatra Tamaki Saito, en el año 2000, y su significado es “apartarse” o “estar recluido”. El retiro debe ser voluntario, no forzado por terceras personas, y sus causas pueden ser personales y sociales.

Las personas que lo padecen son fundamentalmente los jóvenes, pues en ellos se encuentra una mayor timidez, sensibilidad e introversión, y suelen tener pocas relaciones amistosas y, además, poseen una percepción del mundo exterior bastante negativa, pues lo consideran violento y amenazador, del que solo les viene agresiones constantemente. A todo ello se suma malas relaciones familiares del afectado por dicho síndrome y se observa que hay una mayor incidencia en padecerlo los varones.

La reclusión de quien padece este síndrome es una habitación de la casa de la que no salen nunca, y la falta de relaciones familiares y personales lo suplen a través del mundo virtual que les llega a través de videoconsolas e internet, aunque sólo un 19% de quienes padecen este síndrome utilizan internet para relacionarse con otras personas, según estudios realizados recientemente.

El alejamiento de la convivencia familiar y social no comienza de súbito, sino que es un proceso largo y su punto inicial es cuando empiezan a estar en su habitación más tiempo de lo normal, y se quedan absortos navegando por internet y abandonan las relaciones sociales y también van dejando sus estudios paulatinamente, hasta que los abandonan totalmente. En este momento en el que se quedan recluidos en su habitación de forma ya permanente, es cuando se podría decir que comienza a manifestarse el síndrome de Hikikomori en toda su crudeza, y es cuando se inicia ese suicidio social, aunque no vital en todos los casos, pero sí en algunos.

Su habitación en el que se encuentran recluidos es el epicentro de su mundo en el que lo físico se reduce a ese pequeño espacio y lo virtual gana terreno a lo real. Sus hábitos cotidianos cambian drásticamente, pues duermen durante el día y pasan la noche jugando a videojuegos o viendo la televisión, las únicas vías por las que ven y oyen a otros seres humanos. Otro síntoma alarmante es que descuidan su higiene personal y no tienen ningún tipo de comunicación con sus familiares. En algunos de los casos, tienen un comportamiento violento y acusador hacia sus padres; otros, por el contrario, se hayan deprimidos, tristes y padecen obsesiones y ansiedad extremas que, en ocasiones, los llevan al suicidio.

En el Japón es donde fue diagnosticado y reconocido como un síndrome, pero no sólo afecta a ese país que tiene una cultura muy competitiva, exigente e individualista, por lo que se asociaba dicho síndrome con la cultura japonesa, aunque se han empezado a dar casos, que han ido aumentando hasta llegar a una pandemia, que se ha ido manifestando en todo el mundo. Se han descubierto casos en Omán, Italia, India, Estados Unidos y Corea. En España ya hay diagnosticados más de 200 casos en los últimos años, aunque en Japón, su país de origen, hay millones de personas que manifiestan este síndrome.

Según han manifestado personas afectadas por este mal, la razón para recluirse en su casa y no querer salir se basa en el deseo de estar solos, unido a un sentimiento de apatía y rechazo hacia el mundo exterior, además del evidente temor a salir de esa zona de confort y refugio seguro que es su propio domicilio. Sin embargo, no hay que confundir este síndrome con la agorafobia que son trastornos muy distintos y con síntomas diferentes, aunque tengan en común el miedo a salir de casa. Los agorafóbicos tienen contacto con el exterior a través del correo, el teléfono, internet y les gusta recibir visitas. Los afectados por el síndrome de Hikikomori les tienen miedo a las relaciones sociales y rechazan cualquier contacto, tanto fuera de su casa como dentro.

Quienes padecen este síndrome tienen en común el aislamiento total y la ausencia de relaciones, aunque no todos lo viven de la misma forma ni en el mismo grado de intensidad. Por ejemplo, el junhikikomori o pre-hikikomori, sale de vez en cuando o asiste a las clases, en el caso de los estudiantes, pero siempre evita cualquier tipo de relación social. Por el contrario, el Hikikomori social es aquel que rechaza completamente los estudios o el trabajo, pero mantiene algunas relaciones sociales a través de internet. También, existe el tipo llamado el Tachisukumi-gata, que es quien sufre una fobia social extrema y se siente paralizado por el temor al contacto con otros seres humanos, incluida su propia familia. Y, por último, estaría el caso del Netogehaiiin, que significa algo así como “zombi del ordenador”, pues presenta una reclusión extrema y dedicación absoluta de todas las horas del día que permanece despierto, usando el ordenador y todos los medios audiovisuales que tenga a su alcance.

Ante este síndrome y sus subtipos tan incomprensibles para cualquier ser humano, por sufrirlo jóvenes que están empezando a vivir y que muestran un rechazo total a las relaciones humanas y al mundo exterior, se han planteado por los expertos las causas de este mal que va en aumento imparable, aunque sólo se ha llegado a meras hipótesis por parte de los investigadores, pero sin conclusiones definitivas. Algunos achacan este mal a la tecnología que ha provocado y ofrece un mundo virtual en el que los jóvenes se ven inmersos cada vez desde más temprana edad, llegando a perder el contacto y el sentido de la realidad.

Otras investigaciones, lo achacan a factores familiares como puede ser una presión psicológica excesiva de los padres hacia sus hijos para que triunfen y sean competitivos, y la escasa comunicación existente en el seno familiar; por otro lado, se le achaca a cuestiones socioeconómicos, en cuanto a que el individuo se ve forzado al conformismo de querer ser iguala los demás, con rechazo hacia lo diferente, en una alienación aplastante de la propia individualidad, cuestión esta última que se presenta en grado sumo en la sociedad nipona. También otros lo achacan a factores económicos que obliga al trabajo de los padres con horarios excesivos que les impide tener un mayor contacto y diálogo con sus hijos y eso obstaculiza una mayor y comunicación familiar.

Pero todos los expertos añaden que no existe4 una causa única que sea la culpable de este síndrome, sino que son muchos los factores que entran en juego en su génesis, en mayor y menor grado.

Este síndrome, como cualquier otro trastorno tiene efectos nocivos sobre la salud, tanto física como mental. Al nivel físico la ausencia de todo tipo de ejercicio y actividad puede ocasionar anemias, fragilidad en las articulaciones y llagas, por permanecer sentado durante mucho tiempo al día, o echado sin moverse.

A nivel psicológico puede acarrear la pérdida de las habilidades sociales para poder relacionarse, además de sentir sentimientos de inseguridad, culpabilidad y miedo, lo que refuerza aún más la decisión de seguir recluidos en su zona de confort.

No existe un tratamiento en la actualidad `para este grave problema, porque es relativamente nuevo y las investigaciones al respecto no han dado todavía la solución efectiva. Sin embargo, en Japón, el país donde se inició, aconsejan los especialistas que el afectado salga por sí mismo y de forma progresiva, pero sin forzarlo ni tratar de razonarle para que cambie su conducta. En Occidente, por el contrario, se aconseja una postura totalmente opuesta, porque los expertos opinan que es mejor una acción mucho más enérgica con quienes sufren este síndrome, para poder así atajar el problema de raíz, por lo que es necesario hacer salir al afectado por el síndrome de Hikikomori de su habitación, sin admitir una negativa.

Todo ello se lleva a cabo a través de dos terapias distintas: La primera el método médico psiquiátrico; y, la segunda, el método psicosocial. Es un experto quien debe determinar cuál es el más apropiado para cada caso en cuestión.

Lo que hace pensar este síndrome que margina a la persona que lo sufre de toda relación social, incluso con su propia familia, es que en su trastorno cree que el mundo virtual, el que aparece detrás de la pantalla de un ordenador, videojuego o televisor, puede vivir también, sin necesidad de estar en contacto con la realidad, con el mundo en el que vive sólo físicamente en su retiro, pero al que teme y rechaza a partes iguales. En él se siente seguro de las agresiones externas, de los conflictos interpersonales, de los desengaños, de la competitividad y de los abusos en el trabajo, en la escuela y en toda parcela social en la que varios seres humanos se relacionan, y por ello existe el miedo de ser derrotado, utilizado y dañado por los otros.

Ese miedo hacia lo exterior hace que el joven Hikikomori quiera cerrar con llave la puerta de su habitación, cerrar toda posibilidad de que el mundo exterior y sus amenazas llegue hasta el interior de su habitación, lugar en el que se siente seguro y cómodo, porque en él tiene la llave para dominar y vencer a los demás, para poder callarlos, destruirlos o paralizarlos. Esa llave maestra no es otra que el botón de apagado/encendido de su ordenador, el mando de su televisión o de su videoconsola. Si el mundo real ofreciera esa posibilidad, no haría falta recluirse en la propia habitación para habitar el mundo virtual, rodeado de criaturas evanescentes a las que no se puede tocar porque están detrás de una pantalla, pero siempre obedientes a las órdenes que reciben a través de los respectivos mandos: habla más alto o más bajo, quédate quieto, desaparece de mi vista, muérete, o volvamos a empezar desde el principio.

Sí, cuando el mundo real ofrezca esas armas invencibles de defensa y ataque, llegará el momento de que el joven Hikikomori salga de su habitación, de su casa y vuelva al mundo exterior, sin poner ninguna traba ni oposición a abandonar su refugio. Pero, mientras tanto, seguirá jugando a videojuegos interminables, verá películas unas tras otras, o navegará por internet incansablemente. Mientras compadece al resto de los mortales por estar atrapados en la realidad, sin tener ninguna salida de esa trampa mortal en la que él cayó antes, pero supo escapar a tiempo de que lo devorase, como a tanta gente, que sale en la televisión y en la prensa que lee en internet, ha muerto de hastío, desengaño y desesperación porque su lucha por el triunfo, por el éxito que tanto le inculcaron en la niñez, fue el señuelo para que picara y quedara  atrapado definitivamente en su desdicha. Mientras el mundo sigue loco en sus afanes ilusos, él seguirá en ese mundo virtual en el que quien dicta las reglas es él y siempre, siempre, es el ganador de todas las batallas.

¡Y, después, dicen que el trastornado es él! Sonríe pensando que cada vez habrá muchos más como él, abrazado a su soledad y aislamiento, pero a salvo de todo lo malo que viene del exterior, de esa realidad que tanto daño le hizo y a la que ahora impide que entre en su habitación nada más que detrás de una pantalla salvadora, esa que lo protege del miedo, del dolor y de la soledad, esa soledad tan punzante que sólo encontró cuando estaba al lado de sus semejantes.







sábado, 17 de febrero de 2018

DESAPARECIDOS



Ana Alejandre

Si hay una forma de absoluta marginación es desaparecer del propio entorno sin dejar más rastro que la angustia, la desesperación y el sufrimiento para la propia familia y amigos que se preguntan qué le ha sucedido a la persona desaparecida, negándose a aceptar que su desaparición sea por voluntad propia, lo que, casi nunca, es aceptable por los más allegados

Las causas de cualquier desaparición pueden ser muchas, desde la propia voluntad de romper con todo y alejarse de una vida insatisfactoria, cuando no desgraciada, al accidente fortuito, el secuestro con fines sexuales o, en algunos casos, materiales a fin de pedir un rescate o, peor aún, para introducir a la persona secuestrada, en caso de ser mujer, en el terrible inframundo de la trata de blancas. También, el homicidio con ocultación del cadáver, como sucede lamentablemente en muchos accidentes para evadir las consecuencias legales que ello conlleva para el causante de estos. Sin olvidar el asesinato o el suicidio, en el que, quien desea morir prefiere desaparecer de su entorno familiar para llevar a cabo su letal designio, ocultando así su intencionalidad.

Cada día desaparecen en España 100 personas y de 4 de ellas no se volverá a saber nada nunca, cifra que va en aumento imparable. El mayor número de desaparecidos corresponde a los adultos en un porcentaje de un 55/60% y el 35/40% restante son menores. En España existen 14.000 desaparecidos de los que se tiene noticias desde hace muchos años y se sospecha que nunca regresaran a sus casas,

La mayoría de los casos termina felizmente con la aparición de los desaparecidos, bien por una vuelta voluntaria o por ser encontrados por las fuerzas de seguridad. Sin embargo, según el Ministerio del Interior, el 8% de los desaparecidos nunca volverán a sus hogares ni se sabrá nada más de ellos, dejando a sus familias en una permanente angustia y desolación, sin poder cerrar nunca el período de duelo.

A pesar de que esa cifra es trágica, la plataforma SOS desaparecidos eleva el porcentaje al 12%. Por ello, creen que, por estos elevados números de desaparecidos sin retorno, es necesario tomar medidas, ya que el protocolo de actuación está obsoleto.

Independientemente de que es cuestión de las Fuerzas de Seguridad, la Justicia y el Gobierno tomar medidas para poder actuar con mayor eficacia, medios y rapidez en el seguimiento de estos trágico casos, también es la sociedad en su conjunto la que tiene que coadyuvar en la resolución de estos dramáticos casos, sobre todo cuando son niños o ancianos los que están implicados en ellos. Es necesario estar alerta ante los peligros que representan ciertas situaciones cotidianas en las que parece que no puede suceder nada, cuando la experiencia demuestra que ocurre todo cuando menos se espera, como es el caso de niños desaparecidos cuando juegan en parques y jardines cercanos a sus domicilios y desaparecen ante el estupor, la indignación y el miedo de sus familiares, incrédulos a que puedan pasar estos desgraciados sucesos a pocos metros de sus casas, en un entorno en el que se sentían seguros hasta que el hecho trágico se produce.

La mayoría de los adultos parece que desaparecen por voluntad propia, a no ser en el caso de enfermos que padecen una merma sensorial y se extravían sin poder volver a sus domicilios y aparecen muchas veces muertos en cualquier cuneta por atropellos, inanición, frío o las propias dolencias que padecen, después de varios días desde su desaparición- Muchos quieren partir de cero en un borrón y cuenta nueva en el que dejan a sus familiares desconcertados, asustados y en continua angustia, preguntándose qué han hecho para que el familiar desaparecido haga algo tan drástico y torturador para quienes se quedan como es desaparecer sin decir la causa, sin despedirse y sin dejar más esperanza de un posible regreso que no sea la negación de sus allegados a admitir que esa decisión será de por vida.

En todos los desaparecidos por voluntad propia -los otros casos entran dentro de la criminalidad y no dependen del deseo de la víctima-, tiene que haber siempre un punto de inflexión, de volver la vista atrás y pensar si ha valido la pena de haber hecho algo que, sabe, ha dañado gravemente a sus familiares, pues con ese lastre emocional es difícil poder comenzar una nueva vida con la mente y la conciencia en blanco. Quizás, en el fondo, muchos querrían volver atrás, al día en el que decidieron marcharse de su entorno habitual y poder repensarlo, tomar otras decisiones menos dañinas para todos y no sentir ese vacío que deja una decisión personal sobre cómo vivir la vida que ha destrozado la de quienes formaban parte antes del propio entorno vital, lo habitaban y compartían.

Muchos de esos desaparecidos voluntarios, en el fondo, quizás, querrían tener fuerzas para volver atrás a enfrentarse con sus propias responsabilidades y pedir perdón o esperar a que se lo pidieran quienes causaron su marcha y su desdicha.

Pero, todos, sin duda alguna, llevan en su recuerdo, en algún rincón de su corazón, de su nostalgia y de su soledad entre extraños, el vacío que ha dejado ese hogar abandonado y quienes lo habitaban, las risas, voces, miradas e, incluso, reproches, de quienes ahora son como figuras fantasmagóricas que se le aparecen en sueños, o en pesadillas, y a quienes pueden culpar de su decisión, o bien, considerarlas víctimas de su propia voluntad de huida, de escapada de una vida insatisfactoria o desgraciada, que era la única salida a su desesperación o a su búsqueda de una felicidad de la que siempre creyó que estaba en otra parte.

Esa convicción siempre resulta, al final, tan engañosa como la idea de que se puede construir algo nuevo, una vida y un futuro, con materiales viejos procedentes de un derribo anterior que no es otra cosa que la propia vida derrotada.