El suicidio

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domingo, 4 de abril de 2010

Los mendigos



por Ana Alejandre


El mendigo del que hablo, un hombre de más de setenta años, menudo, enjuto, pero siempre con una sonrisa y una actitud que desdice su propia condición de marginado social, expresa la alegría de verme y poder charlar un rato con alguien que no le mira con el desprecio prendido en las pupilas -por considerarle “un mueble urbano” molesto y desagradable a la vista, además de inevitable, como todo mendigo es para los bien instalados-. No es la limosna, siempre insuficiente para sus muchas carencias y necesidades que tiene, sino el rato de charla, de ser “visto y “oído”, en esta sociedad en la que los “sin techo” son siempre seres invisibles para la comprensión y la ayuda, pero, sin embargo, molestos e irritantes para la vista y al olfato de quienes tienen una familia, un trabajo y un hogar y pocos problemas de conciencia.

Este hombre baqueteado por la vida y explotado por su antiguo patrón que no le dio de alta nunca en los seguros sociales ni un contrato, y que se ve abocado a vivir en la calle con la sola retribución de las pocas monedas que le damos los viandantes que no queremos pasar por alto a quien es otro ser humano que no ha tenido la misma suerte, las mismas oportunidades, o un destino más afortunado, no pierde su sonrisa, su cara de buena persona, en la que no hay nunca un gesto de rencor, de amargura o de condena hacia los que pasan por delante de él, miembros de esa misma sociedad de la que se siente excluido injustamente, porque en su alma maltrecha sólo hay la aceptación callada, la humildad de todo perdedor y la constatación de que, a pesar de su triste destino, tiene suerte de poder comer en los comedores sociales y dormir caliente en el vestíbulo de un banco todas las noches, con la seguridad que le dan los propios vigilantes de la entidad bancaria que le animan a que les llame a su garita, en caso de ser molestado por algunas de esos desalmados que encuentran diversión en apalear, vejar y humillar a quienes ya lo están por la propia vida de forma inmisericorde.

Al igual que él, en una esquina próxima y en el mismo barrio de Salamanca, está el joven senegalés, supuesto vendedor de La Farola, ya que no vende ni un solo ejemplar al día, que no se atreve a levantar la voz para llamar la atención de los viandantes -por el temor que todo inmigrante sin papeles tiene a llamar la atención, sobre todo de la policía-, para que le compren ese periódico de los marginados y que, en los últimos tiempos, parece haber perdido mucho del atractivo de su reclamo, quizás porque las novedades duran poco incluso cuando llaman a las conciencias de las gentes bien instaladas y conformes con el orden mundial, sobre todo con la parcela que les ha tocado vivir a ellas.

También, y cercano al anterior, está otro joven africano, en otra esquina fronteriza, con el mismo reclamo del periódico marginal que cuando me ve pasar me sonríe desde lejos, animándome a acercarme para recoger una sonrisa cálida entre tanto indiferencia y que le pregunte cómo le va la venta inexistente de los pocos ejemplares que lleva consigo, aunque no me hace falta la respuesta que es demasiado evidente en su crudeza.

Pero no solamente están ellos, sino también el drogadicto, hijo de familia acomodada, que vive en la calle y lucha denodadamente para huir del demonio de la heroína, como le llama y a la que ha cogido pánico desde que su pareja, -una joven yugoslava, hija de un oficial del ejército de su país que huyó despavorida por la guerra que se acercaba y que asoló a su nación-, ha quedado convertida en una zombi sin posibilidad de recuperación posible y que protagonizó años atrás un parto en el portal de una de las zapaterías más selectas de la zona que fue noticia televisada por varias cadenas por las características del caso.

Todos ellos están acompañados también, en un trecho no muy extenso, por el mendigo “profesional” con puesto fijo y pagado a su “antecesor en el cargo”, y que demuestra su profesionalidad en la mendicidad por su actitud totalmente diferente a la de los anteriores mendigos mencionados: por su actitud de pedigüeño, sus carteles informativos explicando ser padre de familia numerosa y la exhibición impúdica de sus muñones. Estos son los mendigos aparentes, que van y vienen a sus puestos de trabajo, es decir al lugar en el que se instalan para pedir, en coche, tienen casa y una saneada cuenta corriente. Nada tienen en común con los auténticos desamparados que ni piden, ni gritan, ni acosan al viandante, ni tienen familia, cama caliente, ni, como dice el refrán castellano, donde caerse muertos.

Estos son solamente un pequeño ejemplo de seres reales, con nombres y apellidos, que muchos de ellos han olvidado ya a fuerza de no ser nombrados nunca por nadie, que pueblan las calles de Madrid y de todas las ciudades españolas y del mundo, para el desagrado de muchos ciudadanos que los consideran algo molesto, desagradable y que debería ser erradicado; pero no se refieren al problema de la pobreza, cuyos ejemplos lo personifican tantos desgraciados sin rumbo, sin hogar y sin destino, sino al espectáculo desagradable para los bien pensantes, que como decía el inteligente Adolfo Marsillach son los que peor piensan, porque es molesto para los viandantes ir tropezándose en su camino con tanto mendigo sentado, tumbado o arrodillado en las aceras –nunca suelen estar de pie, porque las vida los ha tumbado demasiadas veces y han perdido la costumbre de mantenerse erguidos-, que destrozan el paisaje urbano con su mugre, su desgracia y su ejemplo, vivo y palpitante, de que la miseria no hay que ir a buscarla a los pueblos tercermundistas, sino que está aquí y ahora, en la propia calle, en el propio barrio, y ese recuerdo lacerante es, quizás, lo que les molesta a tanto acomodado bien pensante, aunque nunca se rasque el bolsillo para darles una limosna, por el temor de que “se la gasten en vino”. Además, de ser indigentes, deben ser también abstemios, por el bien de su alma.

En Madrid hay más de 1.600 mendigos contabilizados, y muchos de ellos prefieren dormir en la calle que en los albergues municipales a los que consideran “un horror”, porque están llenos de extranjeros que les roban todas sus escasas pertenencias, según afirman, y tienen de desalojar los albergues a las seis de la madrugada, haga el tiempo que haga. Por otra parte, el perfil medio del mendigo es un hombre de alrededor de 42 años y alcohólico, pero con esto de las estadísticas ya se sabe que la realidad difiere mucho de la “media”, porque existen todo tipos de personas de ambos sexos, de diferentes razas, nacionalidades, situaciones personales y demás características.

El problema de la mendicidad necesita ser resuelto, pero no por la comodidad de los viandantes que tienen menos problemas que el que está viviendo en la calle porque no tiene otro lugar, sino porque demuestra la injusticia social, el mal reparto de los bienes y la explotación que sigue dándose en países con gobiernos socialistas, con gobiernos dictatoriales, con democracias o sin ellas. Sólo cuando se ataje esta lacra de la pobreza, que dura ya demasiados siglos y se encuentra en todas las culturas y épocas, desaparecerán esos seres marginados, sin esperanza ni futuro, que son como aldabonazos en las conciencias de quienes miran para otra parte con un gesto de disgusto, porque son incapaces de comprender y aceptar que lo único que les separa de los llamados “sin techo” es que ellos tienen uno sobre sus cabezas que les cobija y protege, una situación económica buena o, por lo menos, aceptable, y una mejor condición de vida. Sin embargo, olvidan que ese techo protector se les puede caer un día sobre sus vidas acomodadas y encontrarse, en una trágica pirueta del destino, en la misma situación de esos hombres y mujeres que también, algún lejano o cercano día, se sintieron al abrigo de la intemperie y con un futuro prometedor que se les hizo añicos un aciago día.

Los mendigos no dejan por eso de recordarnos a todos los ciudadanos –y de ahí ese continuo rechazo a su exhibición molesta-, la fragilidad, la vulnerabilidad de la condición humana, puesta de manifiesto en toda su crudeza por la que todos nos sentimos amenazados.