El suicidio

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jueves, 30 de mayo de 2013

Los "sin techo"


 por Ana Alejandre

 La crisis económica ha aumentado el número de personas afectadas por un dramático tipo de marginalidad como es el hecho de carecer de vivienda, pasando así a engrosar la lista de los llamados "sin techo", terrible fenómeno social que cada vez afecta a más personas, muchas de ellas hasta hace poco tiempo bien instaladas y con hogar. 

 En España, según las estadísticas al efecto (Instituto Nacional de Estadística), existen 22.938 personas (a 31 de diciembre de 2012) que no viven bajo techo porque carecen de hogar. Son más de 1.000 personas que en 2005. En esa dramática cifra existe cada vez una mayor proporción de españoles, de mujeres y de personas mayores sin hogar. Por cada 100.000 habitantes, hay 71,3 personas sin hogar en España, cifra realmente alarmante y que va en aumento. 

 Lo más significativo es que de todas las personas que vivían a finales de 2012 en la calle, el 32% se había quedado sin hogar ese mismo año. Las ciudades que presentan una mayor tasa de las personas sin hogar son Melilla y Ceuta, seguidas por las comunidades del País Vasco y Galicia. Y las que menos incidencias registran en este tema son Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana, Región de Murcia y Canarias.

 Las razones para quedarse sin hogar sin la pérdida de empleo (45% de los casos). El 26% de los encuestados por el INE afirmaron que no podían pagar el alojamiento y un 20% se quedó a la intemperie por una separación conyugal o sentimental. Además, el 12% había sufrido un desahucio (contra el 8% que lo había sufrido y el 11,4% que no habían podido pagar la vivienda en 2005, año que sirve de referencia comparativa).

 De todos estos afectados, el 54,2% que son atendidos en albergues y comedores son españoles. Estas alarmantes cifras demuestran que la pobreza ha pasado a afectar mayoritariamente a los españoles que tienen que recibir asistencia de los organismos sociales para poder subsistir con dicha ayuda. 

 De los extranjeros que viven en la calle la mayoría son de procedencia africana (56,6%), seguidas de europeos (22,3%) y los americanos (15,2%). Aumenta también la proporción de mujeres (del 19,7%, frente al 17,3% de hace siete años) y de personas mayores. 

Otro dato preocupante es que aumenta la cifra de personas que viven sin hogar durante muchos años sin perspectiva de solucionar su trágico problema. Entre los extranjeros, el 58% ya acumula más de cinco años sin conseguir salir de tan extrema situación, lo que hace cada vez más inviable la solución al problema que se convierte así en una situación permanente. 

 Todas estas escalofriantes cifras, cuando se examinan desde el punto de vista humano, sin la frialdad propia de las estadísticas, revela el grave problema que va en aumento en una sociedad hasta hace poco bien instalada, aunque ignorando que su centro de gravedad estaba sustentado por una gran burbuja macroecónomica que era tan inconsistente, débil y, por lo tanto, peligrosa, porque podía estallar en cualquier momento y dejar caer al vacío a las economías domésticas, a las personas concretas que eran sus titulares, que se han visto así arrojadas a la espantosa realidad de perder su trabajo, su casa, su presente y su futuro, porque confiaron en que quienes inflaban y maquillaban la realidad económica del país, aunque les estaban mintiendo, prometiendo y asegurando una realidad que era tan ficticia, tan irreal como la propia ilusión de cada familia de tener el presente asegurado y el futuro prometedor que se abría ante sus ojos esperanzados.

 El hogar, ese refugio inexpugnable, necesario y vital donde el ser humano puede encontrar su intimidad, su seguridad ante los embates del exterior y trazar su territorio personal en el que puede vivir y ser él mismo, sin cortapisas ni miradas ajenas, es un derecho inalienable de todo ser humano, pero su realización sigue siendo una utopía para muchas personas que se ven desprovistos de poder ejercer dicho derecho porque las terribles leyes del mercado, de la sociedad capitalista, mercantilista y deshumanizada en la que vivimos y sobrevivimos, se lo niega a quien ha tenido un revés de fortuna, un despido imprevisto, una hecatombe familiar y se ve así abocado a vivir en la calle, desprovisto de ese espacio personal y familiar exclusivo y excluyente donde puede sentirse, de verdad, en ciudadano más, con sus derechos y deberes, pero con el estatus que le permite ser y ejercer de tal en el territorio acotado de las cuatro paredes de su casa, más o menos grande y más o menos lujosa, en la que impone sus leyes, sus deseos, sus gustos y preferencias, porque el hogar es el único reino en el que, aunque sea una república familiar, valga la contradicción, el ser humano se siente rey y señor de un territorio conquistado con su esfuerzo, su trabajo, sus ilusiones y su paciencia.

 Todo eso se viene abajo cuando la ruina familiar, el desempleo, la separación o la desgracia tocan a la puerta con la orden de desahucio, con la carta de despido o con la declaración judicial de que la casa queda en poder del otro cónyuge y tiene que abandonarla obligatoriamente; pero sin que haya medios para sufragar otra vivienda y comenzar una nueva vida desde cero. 

 Los "sin techo" van aumentando el número en nuestro país, al igual que crece el temor de los que ven peligrar su trabajo, su empresa, su medio de subsistencia y recelan de que puedan perder su hogar, su nido, para pasar a ser otras víctimas más de esta terrible marginación que sufren los que no tienen hogar, el único lugar donde se puede sentir cada ser humano seguro hasta que lo pierde y con él el resto de la poca esperanza que le queda cuando se ha visto desprovisto de su hábitat, de su dignidad de persona y hasta de su propia identidad. 

 Esta marginalidad en aumento necesita toda la atención de los organismos públicos para paliar y garantizar que las decenas de miles de personas que viven en el territorio de nadie que es la calle puedan encontrar unas claras y reales alternativas para recuperar el hogar que perdieron, aunque sea otro distinto, pero salir así de la jungla de asfalto en el que viven atemorizados por los peligros que en ella existen, para volver a sentirse dueños y señores de ese paraíso necesario, vital e irrenunciable que es el propio hogar, la tabla de salvación que buscan a la vuelta de todo naufragio vital, para no ahogarse en el océano de la soledad, la marginación, el desamparo y la miseria.