lunes, 19 de agosto de 2019

LOS PRESOS



No hay mayor marginación que ser apartado de la sociedad durante años o meses ,para pagar una factura pendiente, pero que nunca se acaba de saldar.


Una de las mayores causas de marginación social es sufrir pena de cárcel. Naturalmente, se aduce siempre que esa marginación se la han buscado los después condenados por delinquir y la sociedad necesita protegerse de dichos individuos, recluyéndoles en una prisión, al margen y alejados de la sociedad.

Sin embargo, la condena no empieza en la entrada en la cárcel del condenado y finaliza cuando ha cumplido su condena y sale libre. Es entonces cuando el dedo acusador de la sociedad le empieza a señalar como a un exconvicto, negándole muchas veces la supuesta reinserción que prometía en sí la condena impuesta.

Muchas veces, la propia familia del recluso le rechaza, los amigos y conocidos le evitan, vecinos, compañeros de trabajo, le recuerdan constantemente en su actitud que él sigue siendo para ellos un delincuente, haya o no cumplido la pena impuesta. Esa deuda con la sociedad se la cobrarán unos y otros de forma cotidiana, consiguiendo que el exrecluso se sienta más marginado cuando está libre que cuando estaba entre rejas.

La vida carcelaria en España

España ocupa el número uno en Europa Occidental en presos y cárceles. Aunque España es uno de los países más seguros de Europa, con una tasa ce criminalidad de 45 delitos por cada mil habitantes. En el mes de junio de este año se contabilizó una cifra aproximada de 73.000 personas encarceladas en nuestro país, de las cuales el 70% es por tráfico de drogas y robos u otros delitos relacionados con el consumo de dichas sustancias estupefacientes.

 Grecia tiene una tasa de 38 y Portugal de 40 y, por ello, ofrecen una menor tasa de delincuencia. A pesar de ello, el número de reclusos españoles duplica la media europea y supera en mucho al total de presos existente en Italia, Francia o Alemania.

En España, la tasa de reclusos es de 153 por cada 100.000 habitantes, que es más del doble que en la Unión Europea (70). Además, se da la circunstancia de que las prisiones españolas con las más pobladas de Europa, tal como indica un estudio de la Fundación Atenea. Las prisiones españolas tienen una capacidad para 921 internos aproximadamente, casi el doble de la media europea que son 593 plazas.

Aunque la población reclusa ha descendido con respecto al año anterior (-3.700) siegue siendo mucho mayor que la de países de Europa Occidental. A pesar de que Suecia tiene la mayor tasa de criminalidad de la UE, es uno de los países con menor número de reclusos (76 por 100.000 habitantes); también, en el caso de Italia (81 reclusos), Francia (96) o Alemania (91), llegando al menor número en Grecia (76) que es el país más seguro.
Solo los países de Europa del Este, como Polonia, Estonia o Lituania, ofrecen una mayor densidad de población reclusa y superan a España.
  
En el estudio de la Fundación Atenea se observa la tasa de reincidencia de los presos españoles, pues dos de cada tres vuelven a cometer un delito cuando salen de la cárcel. Además, de darse la coincidencia de que un 13% de los presos actuales habían estado en un centro de internamiento para menores. Dicha Fundación  saca una conclusión que es preocupante sobre la reincidencia a edad tan temprana, pues destaca el hecho de que ocho de cada diez personas que hayan entrado en prisión con veinte años, lo volverá a hacer como mínimo cuatro veces o más a lo largo de su vida.

El problema de la reinserción de los presos

La mencionada Fundación señala como punto importante a tener en cuenta ese preocupante dato de reinserción social y educacional que debe servir de punto de partida a los poderes públicos para analizar si las políticas penitenciarias actuales son idóneas para lograr el objetivo de la reinserción, tal como está previsto en el Art. 25.2 de la Constitución Española-.

A su vez, el Gobierno afirma que se están llevando a cabo otras medidas alternativas a la prisión. En la actualidad 119.000 condenados están llevando a cabo trabajos en favor de la comunidad, librándose así de una condena carcelaria. Además, confirma el dato de que en el año 2000 se dictaron 800 sentencias con dichas penas alternativas a la prisión y entre enero y agosto de este año se han acordado 150.000 resoluciones en tal sentido..

La Fundación antes mencionada, insiste en la falta de programas eficaces dedicados a presos drogodependientes, pues solo un 20% recibe tratamiento para la desintoxicación. Hay que tener en cuenta que el número de presos con adicciones es el más numeroso. Se calcula que el 80% de los reclusos ya consumían drogas antes de ingresar en la cárcel.
Por dicho motivo, España, pese a ser uno de los países con menor delincuencia, se encuentra entre los primeros de Europa por delitos contra la salud pública, muy por delante de Francia, Italia, Alemania, Bulgaria o Reino Unido.

Cuidar de la reinserción de los presos no es solo una función de los organismos públicos, sino también de toda la sociedad. Hay que dejar los estereotipos sobre los exreclusos, ofreciéndoles oportunidades cuando han cumplido con su condena y pagado su factura con la sociedad. Solo entre los entes públicos y la reforma de las políticas penitenciarias ineficaces, como han demostrado ser muchas de las actuales, y el apoyo de la sociedad: familia, amigos, empresas, entes económicos y laborales, pueden hacer que quien salga de la cárcel pueda aspirar a llevar a la práctica un cambio radical de vida cuando se sienta apoyado, comprendido y aceptado, para sí recuperar la propia dignidad, el deseo de cambiar, integrarse en esta sociedad que ha sido muchas veces más el juez implacable que le juzga una y otra vez, a pesar de la condena cumplida y de la deuda saldada que parece renacer cada día en la vida de muchos reclusos ante el rechazo social, las críticas y la falta de apoyo para que, quien una vez se equivocó de camino, no vuelva a hacerlo porque, realmente, se sienta parte integrante de esta sociedad que muchas veces confunde la pena cumplida con la deuda imperecedera que siempre hay que recordarle a quien sale de prisión, y el delito cometido con loa posibles que pueda tener en mente quien ha pagado con años de su vida la equivocación que, algún día, cometió.

Los poderes públicos y la sociedad en su conjunto son/somos los que debemos colaborar en que la reinserción de los expresidiarios sea un hecho y uno un derecho escrito sobre papel mojado.


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viernes, 31 de agosto de 2018

El síndrome de Hikikomori





Se llama así al que padece la persona que se queda voluntariamente recluidas en su casa, huyendo de toda obligación, tanto estudiantil como laboral, así como también elude las relaciones sociales y familiares más íntimas.

El término Hikikomori fue creado por el psiquiatra Tamaki Saito, en el año 2000, y su significado es “apartarse” o “estar recluido”. El retiro debe ser voluntario, no forzado por terceras personas, y sus causas pueden ser personales y sociales.

Las personas que lo padecen son fundamentalmente los jóvenes, pues en ellos se encuentra una mayor timidez, sensibilidad e introversión, y suelen tener pocas relaciones amistosas y, además, poseen una percepción del mundo exterior bastante negativa, pues lo consideran violento y amenazador, del que solo les viene agresiones constantemente. A todo ello se suma malas relaciones familiares del afectado por dicho síndrome y se observa que hay una mayor incidencia en padecerlo los varones.

La reclusión de quien padece este síndrome es una habitación de la casa de la que no salen nunca, y la falta de relaciones familiares y personales lo suplen a través del mundo virtual que les llega a través de videoconsolas e internet, aunque sólo un 19% de quienes padecen este síndrome utilizan internet para relacionarse con otras personas, según estudios realizados recientemente.

El alejamiento de la convivencia familiar y social no comienza de súbito, sino que es un proceso largo y su punto inicial es cuando empiezan a estar en su habitación más tiempo de lo normal, y se quedan absortos navegando por internet y abandonan las relaciones sociales y también van dejando sus estudios paulatinamente, hasta que los abandonan totalmente. En este momento en el que se quedan recluidos en su habitación de forma ya permanente, es cuando se podría decir que comienza a manifestarse el síndrome de Hikikomori en toda su crudeza, y es cuando se inicia ese suicidio social, aunque no vital en todos los casos, pero sí en algunos.

Su habitación en el que se encuentran recluidos es el epicentro de su mundo en el que lo físico se reduce a ese pequeño espacio y lo virtual gana terreno a lo real. Sus hábitos cotidianos cambian drásticamente, pues duermen durante el día y pasan la noche jugando a videojuegos o viendo la televisión, las únicas vías por las que ven y oyen a otros seres humanos. Otro síntoma alarmante es que descuidan su higiene personal y no tienen ningún tipo de comunicación con sus familiares. En algunos de los casos, tienen un comportamiento violento y acusador hacia sus padres; otros, por el contrario, se hayan deprimidos, tristes y padecen obsesiones y ansiedad extremas que, en ocasiones, los llevan al suicidio.

En el Japón es donde fue diagnosticado y reconocido como un síndrome, pero no sólo afecta a ese país que tiene una cultura muy competitiva, exigente e individualista, por lo que se asociaba dicho síndrome con la cultura japonesa, aunque se han empezado a dar casos, que han ido aumentando hasta llegar a una pandemia, que se ha ido manifestando en todo el mundo. Se han descubierto casos en Omán, Italia, India, Estados Unidos y Corea. En España ya hay diagnosticados más de 200 casos en los últimos años, aunque en Japón, su país de origen, hay millones de personas que manifiestan este síndrome.

Según han manifestado personas afectadas por este mal, la razón para recluirse en su casa y no querer salir se basa en el deseo de estar solos, unido a un sentimiento de apatía y rechazo hacia el mundo exterior, además del evidente temor a salir de esa zona de confort y refugio seguro que es su propio domicilio. Sin embargo, no hay que confundir este síndrome con la agorafobia que son trastornos muy distintos y con síntomas diferentes, aunque tengan en común el miedo a salir de casa. Los agorafóbicos tienen contacto con el exterior a través del correo, el teléfono, internet y les gusta recibir visitas. Los afectados por el síndrome de Hikikomori les tienen miedo a las relaciones sociales y rechazan cualquier contacto, tanto fuera de su casa como dentro.

Quienes padecen este síndrome tienen en común el aislamiento total y la ausencia de relaciones, aunque no todos lo viven de la misma forma ni en el mismo grado de intensidad. Por ejemplo, el junhikikomori o pre-hikikomori, sale de vez en cuando o asiste a las clases, en el caso de los estudiantes, pero siempre evita cualquier tipo de relación social. Por el contrario, el Hikikomori social es aquel que rechaza completamente los estudios o el trabajo, pero mantiene algunas relaciones sociales a través de internet. También, existe el tipo llamado el Tachisukumi-gata, que es quien sufre una fobia social extrema y se siente paralizado por el temor al contacto con otros seres humanos, incluida su propia familia. Y, por último, estaría el caso del Netogehaiiin, que significa algo así como “zombi del ordenador”, pues presenta una reclusión extrema y dedicación absoluta de todas las horas del día que permanece despierto, usando el ordenador y todos los medios audiovisuales que tenga a su alcance.

Ante este síndrome y sus subtipos tan incomprensibles para cualquier ser humano, por sufrirlo jóvenes que están empezando a vivir y que muestran un rechazo total a las relaciones humanas y al mundo exterior, se han planteado por los expertos las causas de este mal que va en aumento imparable, aunque sólo se ha llegado a meras hipótesis por parte de los investigadores, pero sin conclusiones definitivas. Algunos achacan este mal a la tecnología que ha provocado y ofrece un mundo virtual en el que los jóvenes se ven inmersos cada vez desde más temprana edad, llegando a perder el contacto y el sentido de la realidad.

Otras investigaciones, lo achacan a factores familiares como puede ser una presión psicológica excesiva de los padres hacia sus hijos para que triunfen y sean competitivos, y la escasa comunicación existente en el seno familiar; por otro lado, se le achaca a cuestiones socioeconómicos, en cuanto a que el individuo se ve forzado al conformismo de querer ser iguala los demás, con rechazo hacia lo diferente, en una alienación aplastante de la propia individualidad, cuestión esta última que se presenta en grado sumo en la sociedad nipona. También otros lo achacan a factores económicos que obliga al trabajo de los padres con horarios excesivos que les impide tener un mayor contacto y diálogo con sus hijos y eso obstaculiza una mayor y comunicación familiar.

Pero todos los expertos añaden que no existe4 una causa única que sea la culpable de este síndrome, sino que son muchos los factores que entran en juego en su génesis, en mayor y menor grado.

Este síndrome, como cualquier otro trastorno tiene efectos nocivos sobre la salud, tanto física como mental. Al nivel físico la ausencia de todo tipo de ejercicio y actividad puede ocasionar anemias, fragilidad en las articulaciones y llagas, por permanecer sentado durante mucho tiempo al día, o echado sin moverse.

A nivel psicológico puede acarrear la pérdida de las habilidades sociales para poder relacionarse, además de sentir sentimientos de inseguridad, culpabilidad y miedo, lo que refuerza aún más la decisión de seguir recluidos en su zona de confort.

No existe un tratamiento en la actualidad `para este grave problema, porque es relativamente nuevo y las investigaciones al respecto no han dado todavía la solución efectiva. Sin embargo, en Japón, el país donde se inició, aconsejan los especialistas que el afectado salga por sí mismo y de forma progresiva, pero sin forzarlo ni tratar de razonarle para que cambie su conducta. En Occidente, por el contrario, se aconseja una postura totalmente opuesta, porque los expertos opinan que es mejor una acción mucho más enérgica con quienes sufren este síndrome, para poder así atajar el problema de raíz, por lo que es necesario hacer salir al afectado por el síndrome de Hikikomori de su habitación, sin admitir una negativa.

Todo ello se lleva a cabo a través de dos terapias distintas: La primera el método médico psiquiátrico; y, la segunda, el método psicosocial. Es un experto quien debe determinar cuál es el más apropiado para cada caso en cuestión.

Lo que hace pensar este síndrome que margina a la persona que lo sufre de toda relación social, incluso con su propia familia, es que en su trastorno cree que el mundo virtual, el que aparece detrás de la pantalla de un ordenador, videojuego o televisor, puede vivir también, sin necesidad de estar en contacto con la realidad, con el mundo en el que vive sólo físicamente en su retiro, pero al que teme y rechaza a partes iguales. En él se siente seguro de las agresiones externas, de los conflictos interpersonales, de los desengaños, de la competitividad y de los abusos en el trabajo, en la escuela y en toda parcela social en la que varios seres humanos se relacionan, y por ello existe el miedo de ser derrotado, utilizado y dañado por los otros.

Ese miedo hacia lo exterior hace que el joven Hikikomori quiera cerrar con llave la puerta de su habitación, cerrar toda posibilidad de que el mundo exterior y sus amenazas llegue hasta el interior de su habitación, lugar en el que se siente seguro y cómodo, porque en él tiene la llave para dominar y vencer a los demás, para poder callarlos, destruirlos o paralizarlos. Esa llave maestra no es otra que el botón de apagado/encendido de su ordenador, el mando de su televisión o de su videoconsola. Si el mundo real ofreciera esa posibilidad, no haría falta recluirse en la propia habitación para habitar el mundo virtual, rodeado de criaturas evanescentes a las que no se puede tocar porque están detrás de una pantalla, pero siempre obedientes a las órdenes que reciben a través de los respectivos mandos: habla más alto o más bajo, quédate quieto, desaparece de mi vista, muérete, o volvamos a empezar desde el principio.

Sí, cuando el mundo real ofrezca esas armas invencibles de defensa y ataque, llegará el momento de que el joven Hikikomori salga de su habitación, de su casa y vuelva al mundo exterior, sin poner ninguna traba ni oposición a abandonar su refugio. Pero, mientras tanto, seguirá jugando a videojuegos interminables, verá películas unas tras otras, o navegará por internet incansablemente. Mientras compadece al resto de los mortales por estar atrapados en la realidad, sin tener ninguna salida de esa trampa mortal en la que él cayó antes, pero supo escapar a tiempo de que lo devorase, como a tanta gente, que sale en la televisión y en la prensa que lee en internet, ha muerto de hastío, desengaño y desesperación porque su lucha por el triunfo, por el éxito que tanto le inculcaron en la niñez, fue el señuelo para que picara y quedara  atrapado definitivamente en su desdicha. Mientras el mundo sigue loco en sus afanes ilusos, él seguirá en ese mundo virtual en el que quien dicta las reglas es él y siempre, siempre, es el ganador de todas las batallas.

¡Y, después, dicen que el trastornado es él! Sonríe pensando que cada vez habrá muchos más como él, abrazado a su soledad y aislamiento, pero a salvo de todo lo malo que viene del exterior, de esa realidad que tanto daño le hizo y a la que ahora impide que entre en su habitación nada más que detrás de una pantalla salvadora, esa que lo protege del miedo, del dolor y de la soledad, esa soledad tan punzante que sólo encontró cuando estaba al lado de sus semejantes.