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domingo, 8 de diciembre de 2013

La depresión, un mal en aumento

     
   IInroducción
         Después de un largo paréntesis de silencio por diversos motivos: viajes, publicaciones de  libros y demás circunstancias ajenas a mi voluntad, aunque no ajena a mi oficio de escribir, vuelvo a actualizar este blog y otros más, en la confianza de que los lectores disculpen esta interrupción  temporal e involuntaria de las actualizaciones.
            A todos los lectores les deseo  ¡Feliz Navidad y un venturoso Año Nuevo!     
 
    
                
         El pasado 10 de octubre se celebró el Día Mundial de la Salud Mental, y el Vicepresidente de la Asociación Española de Psiquiatría Privada (ASEPP), José Antonio López Rodríguez, hizo una serie de declaraciones y ofreció datos escalofriantes sobre las enfermedades mentales y habló de la más común de todas: la depresión, y de su incidencia en el mundo y, especialmente, en España. En Europa, el 8 de octubre se celebró el Dia Europeo de la Depresión bajo el lema 'Depresión: necesidad de un enfoque global', que tiene como objetivo concienciar sobre la gran incidencia e importancia de esta enfermedad, informar sobre sus  graves consecuencias e intentar mejorar su comprensión y tratamiento tanto médico como social, por ser una enfermedad que cada vez aumenta más, debido al tipo de vida que se lleva en la sociedad actual tan competitiva y  estresante.
                La depresión es una de las formas más crueles de marginación para quien la sufre. Sólo en España, se calcula que cuatro millones de españoles viven esta terrible dolencia psicológica que se ha visto multiplicada en nuestro país en un 40% en los últimos años, sobre todo a causa de la crisis económica que ha disparado las cifras de los afectados, aunque sólo de esos cuatro millones, sólo un  40% está diagnosticado y recibe el tratamiento adecuado.

            También se calcula que un 15% de la población española sufrirá esta enfermedad a lo largo de su vida y en el último año es un 6% de españoles quienes la sufrieron en España y volverán a recaer, ya que las tres cuartas partes de los casos depresivos son reincidentes.

            Esta dolencia psicológica ya la primera causa de discapacidad laboral en nuestro país y, según los cálculos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), para el año 2020 será la segunda causa de discapacidad en el mundo, lo que indica las proporciones gigantescas que ocasiona esta dolencia que es la más común de las enfermedades que afectan a la mente humana.
            Esta dolencia afecta más a las mujeres y a las personas mayores, que son quienes viven con mayores cargas, las primeras, y con mayores limitaciones físicas y emocionales, las segundas. Las consecuencias de esta enfermedad no sólo son individuales, sino que afectan al entorno familiar y laboral del paciente, por lo que los responsables de dicha campaña solicitan que se dediquen más recursos a los servicios sanitarios para poder hacer frente a la gran carga que supone la demanda en aumento por pacientes con esta dolencia, dentro del Sistema Nacional de Salud (SNS).

             El Dr. López Rodríguez ha hecho hincapié en  que es necesario  y prioritario llevar a cabo "El reto de ofrecer un tratamiento crónico e integral, que se aproxime a trabajar por la reinserción laboral y social del paciente. Además, se debería hacer un esfuerzo por aumentar el conocimiento social sobre este tipo de enfermedades (refiriéndose a todas las que afectan a la mente y no sólo a la depresión) y para una mayor formación al respecto en la Medicina de Familia".
         Otro de los problemas subyacentes a estos pacientes depresivos, según el doctor Jerónimo Sáiz, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, es el  incumplimiento de los tratamientos prescritos, tanto psicoterapéuticos como farmacológicos, sobre todo en el núcleo de población más afectado por esta dolencia como es el formado por las personas mayores y las mujeres.
                Otro problema añadido es la banalización que se hace de esta enfermedad, de la que se habla como si fuera un malestar pasajero y sin importancia, sin llegar a aceptar el terrible sufrimiento que causa a quien la padece y a su círculo familiar, lo que conlleva un gran deterioro en su calidad de vida y le hunde aún más en la marginación personal y social.

          "Muchas veces, algunos síntomas de la depresión como la fatiga, la falta de apetito o el insomnio son percibidos por el paciente como un problema físico y por ello no siempre es fácil detectar esta enfermedad desde la Atención Primaria", comentó el mencionado doctor. Por ello, la familia tiene una gran importancia, tanta como la de los médicos a la hora de intentar sanar dicha patología, por el importante papel que juega en la curación el apoyo afectivo para que el enfermo pueda tener la confianza necesaria para lograr su curación. Ese apoyo afectivo, comprensión y ayuda no se debe confundir con la compasión que es totalmente contraproducente, porque el enfermo depresivo necesita ser comprendido y aceptado como tal enfermo que es, y en esa actitud positiva encontrará las fuerzas para luchar contra la enfermedad y superarla.

            Todos hemos conocido o tenido cerca, más o menos, a un paciente depresivo, en el círculo de familiares o amigos, y sabemos el sufrimiento atroz que supone sufrir una depresión que es una auténtica bajada a los infiernos. Quien supera la depresión, con apoyo familiar, con el tratamiento adecuado y con fuerza de voluntad y comprensión de que es una enfermedad más que en este caso afecta al estado emocional de quien la padece, pero no es ninguna lacra de la que avergonzarse.

            El enfermo depresivo necesita comprender con ayuda psicoterapéutica cuál ha sido la causa originaria de su enfermedad. La depresión no viene porque sí, sino por una experiencia traumática, una vida vivida en contra de lo que uno desea, necesita, siente o quiere; un estrés mantenido durante mucho tiempo o una forma de vida equivocada en los hábitos, en los excesos cometidos o en la negación a aceptar una realidad que le hace daño. Cuando llega a bajar a lo más profundo de su psique para encontrar en el fondo la causa, el detonante de su depresión, entonces tiene en sus manos las armas suficientes para curarse definitivamente, sin más mentiras ni disculpas, aceptando sus errores, sus traumas y superándolos con la ayuda profesional adecuada; pero, sobre todo, sin olvidar que nadie mejor que el propio enfermo es el que sabe o intuye que eso que se le ha roto por dentro debe volver a unirlo, a sanarlo, con la comprensión del problema, con el abandono de una vida infeliz, insatisfactoria, superando las experiencias traumáticas, aceptándolas y tratando de cerrar sus heridas que aún permanecen abiertas por no aceptar que existen, aunque están grabadas en lo más profundo de su alma.

            La marginación del depresivo no es sólo de la propia sociedad, las relaciones sociales, aunque también la sufre. Es, ante todo, la marginación de si mismo, de su propia vida que le pesa, lo aplasta, le duele y le hace sentir deseos de gritar en un ronco y sordo alarido en el que se encierra todo el dolor que no ha podido expresar antes, toda la pena que le ahoga y que necesita echar fuera, aunque no sabe cómo hacerlo, para poder intentar levantarse de nuevo y sonreirle a la vida, esa misma vida que desde que está deprimido se ha convertido en una terrible pesadilla.

            No, no hay que frivolizar sobre la depresión, ese terrible mal del alma que sólo quien lo ha vivido puede llegar a comprender su verdadera importancia, ni tampoco se le debe llamar depresión a un simple disgusto, estado de cansancio, aburrimiento, frustración o rabia por un fracaso, por un proyecto frustrado o por un desengaño. La depresión es algo mucho más terrible, más profundo, más grave y más duradero en el tiempo. Es una alteración bioquímica del cerebro que provoca sufrimiento, miedo, ansiedad, angustia y desesperación que son los síntomas que anuncian, que sacan a la superficie, una herida anímica, o muchas, no curada, en forma de síntomas como el insomnio, la tristeza profunda, la irritabilidad, la incapacidad de encontrar aliciente para hacer lo que hasta entonces formaba parte de la rutina vital del deprimido, para sentir ilusión; o, por el contrario, el deseo continuo de dormir como una huida de esta realidad que no soporta ya, porque le hace tanto daño que no puede ni siquiera expresarlo.

            Es depresivo es alguien a quien se le ha roto el alma y necesita volver a unirla, a cicatrizarla, con el tratamiento adecuado, tiempo, afecto, comprensión y una profunda y cálida mirada de aliento de quienes lo rodean, pero con total y absoluta sinceridad consigo mismo, sin mentirse, ni negar sus traumas, culpas, errores ni fracasos.

            Es una labor larga, difícil y dura, pero que siempre consigue la recuperación del depresivo que vuelve a salir a flote después de su terrible bajada a los infiernos, pero para ello tiene necesidad de hablar, de hablarse a sí mismo, a alguien de su más completa confianza, esté o no en su círculo familiar o amistoso, de aquello que le duele y le grita desde lo más profundo de su alma, porque ese dolor interno expresado es la mejor medicina para un depresivo que sólo necesita comprenderse a sí mismo, perdonarse, y ser comprendido y no juzgado por alguien con la capacidad de escuchar, aceptar y comprender el dolor del deprimido.

            A todo deprimido le recuerdo una cita de Shakespeare, que ilustra magistralmente esa necesidad de comunicación que el depresivo, sin embargo, rehuye: "Dad palabra al dolor, el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe". (William Shakespeare).

            Con mi comprensión y afecto a todos los deprimidos/as para quienes les deseo que su mal encuentren muy pronto cura, cuando se encuentren a sí mismos, sin juzgarse, ni culpabilizarse, aceptando todos los errores cometidos, los traumas sufridos y las decepciones recibidas. Todos ellos son ya parte de su propia biografía y con ellos debe aprender a convivir; pero sin perder la fe en sí mismo, en los demás, ni la esperanza en el mañana.

            Sinceramente.
           
           



jueves, 30 de mayo de 2013

Los "sin techo"


 por Ana Alejandre

 La crisis económica ha aumentado el número de personas afectadas por un dramático tipo de marginalidad como es el hecho de carecer de vivienda, pasando así a engrosar la lista de los llamados "sin techo", terrible fenómeno social que cada vez afecta a más personas, muchas de ellas hasta hace poco tiempo bien instaladas y con hogar. 

 En España, según las estadísticas al efecto (Instituto Nacional de Estadística), existen 22.938 personas (a 31 de diciembre de 2012) que no viven bajo techo porque carecen de hogar. Son más de 1.000 personas que en 2005. En esa dramática cifra existe cada vez una mayor proporción de españoles, de mujeres y de personas mayores sin hogar. Por cada 100.000 habitantes, hay 71,3 personas sin hogar en España, cifra realmente alarmante y que va en aumento. 

 Lo más significativo es que de todas las personas que vivían a finales de 2012 en la calle, el 32% se había quedado sin hogar ese mismo año. Las ciudades que presentan una mayor tasa de las personas sin hogar son Melilla y Ceuta, seguidas por las comunidades del País Vasco y Galicia. Y las que menos incidencias registran en este tema son Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana, Región de Murcia y Canarias.

 Las razones para quedarse sin hogar sin la pérdida de empleo (45% de los casos). El 26% de los encuestados por el INE afirmaron que no podían pagar el alojamiento y un 20% se quedó a la intemperie por una separación conyugal o sentimental. Además, el 12% había sufrido un desahucio (contra el 8% que lo había sufrido y el 11,4% que no habían podido pagar la vivienda en 2005, año que sirve de referencia comparativa).

 De todos estos afectados, el 54,2% que son atendidos en albergues y comedores son españoles. Estas alarmantes cifras demuestran que la pobreza ha pasado a afectar mayoritariamente a los españoles que tienen que recibir asistencia de los organismos sociales para poder subsistir con dicha ayuda. 

 De los extranjeros que viven en la calle la mayoría son de procedencia africana (56,6%), seguidas de europeos (22,3%) y los americanos (15,2%). Aumenta también la proporción de mujeres (del 19,7%, frente al 17,3% de hace siete años) y de personas mayores. 

Otro dato preocupante es que aumenta la cifra de personas que viven sin hogar durante muchos años sin perspectiva de solucionar su trágico problema. Entre los extranjeros, el 58% ya acumula más de cinco años sin conseguir salir de tan extrema situación, lo que hace cada vez más inviable la solución al problema que se convierte así en una situación permanente. 

 Todas estas escalofriantes cifras, cuando se examinan desde el punto de vista humano, sin la frialdad propia de las estadísticas, revela el grave problema que va en aumento en una sociedad hasta hace poco bien instalada, aunque ignorando que su centro de gravedad estaba sustentado por una gran burbuja macroecónomica que era tan inconsistente, débil y, por lo tanto, peligrosa, porque podía estallar en cualquier momento y dejar caer al vacío a las economías domésticas, a las personas concretas que eran sus titulares, que se han visto así arrojadas a la espantosa realidad de perder su trabajo, su casa, su presente y su futuro, porque confiaron en que quienes inflaban y maquillaban la realidad económica del país, aunque les estaban mintiendo, prometiendo y asegurando una realidad que era tan ficticia, tan irreal como la propia ilusión de cada familia de tener el presente asegurado y el futuro prometedor que se abría ante sus ojos esperanzados.

 El hogar, ese refugio inexpugnable, necesario y vital donde el ser humano puede encontrar su intimidad, su seguridad ante los embates del exterior y trazar su territorio personal en el que puede vivir y ser él mismo, sin cortapisas ni miradas ajenas, es un derecho inalienable de todo ser humano, pero su realización sigue siendo una utopía para muchas personas que se ven desprovistos de poder ejercer dicho derecho porque las terribles leyes del mercado, de la sociedad capitalista, mercantilista y deshumanizada en la que vivimos y sobrevivimos, se lo niega a quien ha tenido un revés de fortuna, un despido imprevisto, una hecatombe familiar y se ve así abocado a vivir en la calle, desprovisto de ese espacio personal y familiar exclusivo y excluyente donde puede sentirse, de verdad, en ciudadano más, con sus derechos y deberes, pero con el estatus que le permite ser y ejercer de tal en el territorio acotado de las cuatro paredes de su casa, más o menos grande y más o menos lujosa, en la que impone sus leyes, sus deseos, sus gustos y preferencias, porque el hogar es el único reino en el que, aunque sea una república familiar, valga la contradicción, el ser humano se siente rey y señor de un territorio conquistado con su esfuerzo, su trabajo, sus ilusiones y su paciencia.

 Todo eso se viene abajo cuando la ruina familiar, el desempleo, la separación o la desgracia tocan a la puerta con la orden de desahucio, con la carta de despido o con la declaración judicial de que la casa queda en poder del otro cónyuge y tiene que abandonarla obligatoriamente; pero sin que haya medios para sufragar otra vivienda y comenzar una nueva vida desde cero. 

 Los "sin techo" van aumentando el número en nuestro país, al igual que crece el temor de los que ven peligrar su trabajo, su empresa, su medio de subsistencia y recelan de que puedan perder su hogar, su nido, para pasar a ser otras víctimas más de esta terrible marginación que sufren los que no tienen hogar, el único lugar donde se puede sentir cada ser humano seguro hasta que lo pierde y con él el resto de la poca esperanza que le queda cuando se ha visto desprovisto de su hábitat, de su dignidad de persona y hasta de su propia identidad. 

 Esta marginalidad en aumento necesita toda la atención de los organismos públicos para paliar y garantizar que las decenas de miles de personas que viven en el territorio de nadie que es la calle puedan encontrar unas claras y reales alternativas para recuperar el hogar que perdieron, aunque sea otro distinto, pero salir así de la jungla de asfalto en el que viven atemorizados por los peligros que en ella existen, para volver a sentirse dueños y señores de ese paraíso necesario, vital e irrenunciable que es el propio hogar, la tabla de salvación que buscan a la vuelta de todo naufragio vital, para no ahogarse en el océano de la soledad, la marginación, el desamparo y la miseria.

jueves, 31 de enero de 2013

Los hambrientos y el derroche de alimentos


por Ana Alejandre

El alimento es necesario a todo ser vivo, entre los que nos encontramos los humanos. Pero la pobreza, el mayor estigma y causa de marginación, no sólo está castigando al llamado Tercer Mundo, sino a los propios países industrializados y avanzados, como es el caso de España, porque la crisis económica mundial ha hecho crecer la cifra de quienes pasan hambre y esa carencia de alimentos azota no sólo a los más de 1.000 millones de seres humanos que pasan hambre en el mundo no industrializado, sino a quienes antes han tenido su vida instalada en el confort y la seguridad económica y, de un plumazo, se han visto abocados a vivir de la caridad de las diversas organizaciones, entre ellas Caritas y Cruz Roja, para poder comer todos los días, lujo que en el presente, en su pobreza inesperada, les parece algo inalcanzable y como el recuerdo de un dulce sueño que reviven con angustia al despertarse y verse sumidos en la pesadilla que ahora les ha tocado vivir.

Pero lo que más hiere la sensibilidad de cualquier persona de bien, es leer noticias como las que la prensa ha ofrecido hace pocos días (El Mundo/Economía/10/01/13) en un artículo que afirma que la mitad de la comida que se produce en el mundo acaba en la basura o pudriéndose en el campo. Dicho artículo cifra entre el 30% y el 50% de los 4.000 millones de toneladas de alimentos que se producen en el mundo los que no se consumen y terminan siendo desperdiciados, en un escandaloso despilfarro que no es de dinero o bienes, sino de algo tan esencial para la vida como son los alimentos que no llegan a esos 1.000 millones de seres que pasan hambre y mueren a causa de ello. Estos datos son los que contiene un escalofriante informe de Ingenieros Mecánicos (IME) británico que lleva por título "Global Food: Waste Not, Want No"'. (que viene a ser como "alimento global:a la basura, no quiera, no).

La demoledora cifra de entre 1.200 a 2.000 millones de toneladas que son arrojadas a la basura cada año, cuando esos 1.000 millones de personas pasan hambre, cifra que según la FAO es aún mayor en estos días, ha abierto un debate en Gran Bretaña sobre la inmoralidad, la falta de eficacia y los costes que genera en la industria alimentaria tal derroche intolerable.

Tan sólo en el Reino Unido se desechan al año siete millones de toneladas de alimentos, por un valor de 10.000 millones de libras (aproximadamente 12.500 millones de euros que equivale a 600 euros por familia) lo que son cifras alarmantes. En toda Europa se desechan 89 millones de toneladas de alimentos al año. En España son 7,7 millones de toneladas de comida se desperdicia, según ha informado el Parlamento Europeo de finales de 2012. España ocupa el sexto lugar entre los países europeos que más comida desechan. Alemania está en primer lugar y le siguen Holanda, Francia, Polonia e Italia.

A la mala administración de los alimentos por parte de los consumidores finales, con el coste que esto conlleva, hay que sumar los malos usos agrícolas, el almacenamiento no adecuado y los problemas añadidos durante la distribución y el transporte, que son las causas más importantes de tal desperdicio en los países en vía de desarrollo. En los que ya están desarrollados, los principales causantes de tal derroche de alimentos son, por el contrario, los supermercados y los diversos puntos de venta por su estricta política de caducidad, además de las "ofertas especiales" que incitan al comprador a adquirir más alimentos de los necesarios y la gran importancia que se le dan a la apariencia de los vegetales, principalmente, lo que provoca el desecho continuo de una gran parte de las cosechas de frutas y verduras.

El hecho de haberse dado cuenta de la enorme magnitud de este problema, ha hecho que la ONU haya tomado cartas en el asunto y se ha propuesto la reducción de un 50% de este despilfarro desde este momento hasta el año 2025. La Unión Europea, a su vez, se ha unido a este propósito y ha celebrado en el pasado mes de noviembre, la semana de Reducción de los Desechos, que ha sido secundada por España a través de decenas de iniciativas para mejorar el aprovechamiento de alimentos en épocas de crisis, como la que protagoniza Feeding Zaragoza que ha organizado comidas gratuitas para mil personas con las alimentos que desechaban los agricultores y los supermercados.

Cualquier tipo de medidas e iniciativas, tanto de las distintas Administraciones como de las empresas privadas, para terminar con esta situación que es completamente intolerable cuando tantos millones de seres humanos pasan hambre, siempre será una buena noticia. Sin embargo, todos estamos llamados a colaborar para evitar que este derroche inmoral se siga produciendo cuando hay más de 1.000 millones de personas que viven marginadas por el hambre, uno de los azotes de la Humanidad desde tiempos inmemoriales, y que ha costado la vida a muchos millones de seres humanos en las distintas y continuas hambrunas que han azotado por diversas causas al mundo, tanto el desarrollado como el subdesarrollado, y que ahora se extiende por todos los países como una oscura y silenciosa mancha que va cubriendo todos los estratos sociales, incluso los que han vivido instalados en la opulencia, cuando la crisis ha hecho que muchas familias tengan que buscar el alimento diario en las distintas organizaciones públicas y privadas para conseguir algo que es necesario para la vida y cuya consecución le ocupa todas las horas del día, porque cuando se tiene hambre no se puede pensar en otra cosa que no sea satisfacerla.

El derroche de alimentos es aún más escandaloso e injurioso para quienes tienen que comer de la ayuda caritativa por no ser capaces económicamente de poder pagar su propio sustento, en una cruel y sarcástica demostración de que en esta sociedad algo huele a podrido por cometer y consentir semejante injusticia y no es sólo el hedor de los alimentos podridos arrojados a la basura, sino la propia conciencia de esta sociedad alienante y enloquecida que debería parar esta sangría en la que se desperdician millones de toneladas de alimentos, porque está en peligro la propia vida de millones de seres humanos que los necesitan urgentemente para poder sobrevivir, y a pesar de las distintas declaraciones de intenciones para solucionar el problema en parte, ese año 2025, para muchos, sea una meta inalcanzable para llegar a ella vivos, porque antes habrán muerto de inanición.

Este terrible problema nos afecta a todos y del que somos también responsables, por eso hay que pensar dos veces antes de tirar alimentos a la basura y recordar que, para muchos marginados por la pobreza, esa comida que se va a desechar, por estar caducada o tener una apariencia no tan buena como la de los primeros días, es un auténtico lujo inalcanzable, pero completamente necesario para vivir cada día en el que la prioridad principal es conseguir alimento, esté o no caducado, tenga o no buena apariencia, porque el hambre no distingue apariencias ni es exigente, ni entiende de "fechas de caducidad", porque la fecha que verdaderamente preocupa a todo hambriento es la del día, uno tras otro, que no tenga nada que llevarse a la boca y, entonces, sí que habrá llegado la fecha de caducidad de su propia vida
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