El suicidio

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jueves, 25 de agosto de 2016

El suicidio


No hay mayor marginación que la que proporciona la muerte, la que pone punto y final a la historia individual que comienza en el momento de nacer y termina cuando acaece el fallecimiento, sea de muerte natural, accidental o voluntaria La muerte, a modo de telón que se baja definitivamente y sin posibilidad de vuelta atrás, separa definitiva e irremisiblemente a quien deja este mundo de los vivos, quedando, uno y otros, a ambos lados de la línea imaginaria pero real que, una vez traspasada, ya no tiene retorno.           

El suicida, por ello, acuciado por su drama personal, elige el momento y la forma de morir que le saque de este mundo, de su propia angustia y desesperación, para entrar en la nada o en la otra vida prometida a los creyentes. Los periódicos no se hacen eco de estas noticias si no  están relacionadas con otros sucesos simultáneos a los que les dan mayor relieve -asesino que mata a su pareja y, después, se suicida, por ejemplo-; pues el suicidio es un tema tabú en todas las culturas y, para evitar el efecto contagio, se suelen rodear de silencio estas tragedias personales que llenan de luto y dolor a muchas familias en todo el mundo.

Una noticia impactante de marzo de este año merece especial consideración: El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España y su aumento es imparable en nuestro país ya que, según las estadísticas de 2014, arrojan un incremento de un 20% con relación al año 2007. En 2014 se suicidaron un total de 3.910 personas, cuya cifra es la más alta en los últimos 25 años que es el tiempo que se lleva registrando tales siniestros datos. En la década de los 80 los suicidios superaban en muy poco los 1.500 casos anuales.  La media de suicidios diarios en España, actualmente, es de 10, aunque es una tasa baja en comparación con otros países europeos.

En dicho mes de marzo de este año, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicó los datos relativos a las Defunciones según la causa de muerte. La gráfica que acompaña ofrece una curiosa trayectoria durante la crisis económica, ya que subió desde 2007 a 2009 y descendió desde ese año a 2010, en una gran proporción. A partir de dicho año empezó a aumentar poco a poco. Desde 2011 a 2012 su aumento fue de un 11%. Entre 2012 y 2013 tuvo un incremento de un 9% y en 2014 aumentó solo un 1%, lo que supuso 40 suicidios más que en el año anterior. El INE advierte que la subida registrada puede deberse a que la estadística nacional integró en sus resultados, a partir de 2013, los datos del Instituto Anatómico Forense de Madrid que antes no eran contabilizados. El INE, por ello, advierte que en la Comunidad de Madrid hay unos 200 suicidios más que antes no eran registrados en las cifras nacionales, lo que ha hecho aumentar la estadística. De todas formas, desde 2007 a 2014, el suicidio aumentó en 647 personas con respecto el primer año del último.

Los especialistas analizan las posibles causas que expliquen a qué se debe dicho aumento y si ha tenido que ver su incremento con la crisis económica. Según los expertos, la crisis puede haber influido en ello, ya que las expectativas de un grupo muy importante de ciudadanos se han visto afectadas por la situación económica. Además, uno de los grupos de personas en el que se ha visto aumentada la cifra de suicidios es el que se encuentra en la franja de edad de alrededor de los 50 años, pues en este edad ha aumentado su tasa en un 38% durante los años que van desde 2007 a 2014. Esa franja de edad es más sensible a la falta de horizontes, pues quienes están en ella piensan que no tienen ya muchas posibilidades laborales.
           
Aunque, hay otros especialistas que no están tan seguros de que la economía sea la principal culpable de este trágico aumento de suicidios, pues advierten que, también, puede deberse a un cambio en la pirámide de la población en la que hay cada vez edades más avanzadas que son, precisamente, las que más se suicidan.

Hay que tener en cuenta que los países que tienen mayores índices de bienestar son los que registran una mayor incidencia de suicidios, por lo que no se puede atribuir sólo al paro y los problemas económicos las muertes por esta causa, sino que hay otros factores que también inciden como son los problemas de salud, la soledad, los problemas familiares, etc. Por ello, relacionar el paro con el aumento de suicidios no es del todo acertado, aunque ese aumento de un 20% es bastante significativo, señalan los expertos.

Por su parte, el psiquiatra Luis de Rivera, director del Instituto de Psicoterapia de Investigación Psicosomática de Madrid, afirma que, sin embargo,, la crisis sí ha influido en los suicidios y seña que: "El propio Durkheim  afirmaba que en las épocas históricas en las que habita el desconcierto y la crisis, aumenta el suicidio. En España estamos ahora mismo en una situación muy parecida a la que describe Durkheim: no es sólo el factor económico, sino también la ruptura de creencias y convicciones básicas. Se ha roto, por ejemplo, la certeza de que, si teníamos una carrera universitaria, íbamos a vivir muy bien". Añade, también, que: "Hay un problema de desorganización social y cultural y las cosas han dejado de ser como creíamos que eran. El ser humano necesita estar seguro de lo que hace, tener creencias claras... En España hemos tendido a equiparar la seguridad psicológica con la seguridad económica y, en aras a eso, hemos sacrificado muchas cosas, como las relaciones familiares o el bienestar personal. Ahora nos encontramos con que esos sacrificios han sido inútiles",

Esta teoría se ve confirmada por un estudio realizado por la Generalitat de Cataluña, en 2014, en el que se afirma que las hospitalizaciones por intento de suicidio han aumentado en dicha Comunidad Autónoma debido a la crisis; al igual que también se han incrementado los problemas de salud mental, especialmente en las personas sin trabajo, además de aumentar considerablemente el consumo de tabaco en los hombres, sobre todo entre aquellos que llevan más de un año en paro.

De todas formas, el INE no hace ningún tipo de valoración o análisis de los motivos que llevaron a los suicidas a tomar tan trágica decisión, sólo afirma que se registran 8,4 suicidios por 100.000 habitantes. Aunque, esta tasa es baja en relación con otros países europeos, pues los datos facilitados por Eurostat (Oficina Europea de Estadística) correspondientes a 2013, confirma que la media de suicidios en la Unión Europea estaba en una tasa de 11,6 por 100.000 habitantes. Sin embargo, existen otros países que tienen unas tasas de suicidios más bajas que el nuestro como son Grecia (4,7). ), Malta (5), Chipre (5,1), Italia(6,6), Reino Unido (7,3) o Liechtenstein (7,4). Por el contrario, las más altas las ofrecen países como Lituania (36),  Hungría (21,2),Letonia (19) y Bélgica (17,2).

Esto sugiere la siguiente pregunta: ¿Por qué se suicidan más en países del  Este de Europa? Y también la posibilidad de que el suicidio sea mejor aceptado en unos países o culturas que en otros. Por ejemplo, en Japón está mejor considerado y ello puede ser la explicación de que, solo en la ciudad de Tokio, se suicidan al año más de 20.000 personas. Sin embargo, en los países del Sur de Europa, eminentemente católicos, no está bien visto el suicidio, aunque también cabe preguntarse si el tipo de vida, la climatología con un mayor número de horas de luz solar, el carácter más comunicativo que propicia el contacto y las relaciones con los demás: familia, amigos, vecinos o conocidos, en estos países sureños sirven de freno o amortiguadores de las tendencias suicidas, ya que las personas tienen más amarres afectivos y más apoyos emocionales en sus momentos depresivos.

Hay otro dato a tener en cuenta y es la prevalencia de muerte por sexo, El suicidio es la primera causa de muerte no natural y externa entre los hombres, con una tasa de 12,9 fallecidos por cada 100.000 habitantes (2.938 suicidios en 2014, frente a los 972 suicidios femeninos), seguida por los accidentes de tráfico y las caídas accidentales, con 6,3, ambas causas. A su vez, las caídas accidentales fueron la primera causa externa de muerte en las mujeres, con una tasa de 5,6 por cada 100.000 habitantes, seguida por el ahogamiento, sumersión y sofocación la segunda causa externa.

Todos estos datos obligan a preguntarse: ¿El motivo de este predominio del suicidio masculino está basado en que la mujer, psicológicamente, está más preparada para soportar la presión psicológica que provocan las diferentes causas que llevan al suicidio? O bien, ¿la sociedad ejerce una mayor presión, exigencia e intolerancia hacia el fracaso del hombre que, además, está educado para no manifestar abiertamente sus emociones?

Es, también, llamativo que la franja en la que se advierte un mayor incremento va desde los 85 a los 89 años, edad en la que se pierde autonomía por problemas de salud crónicos, lo que aumenta los estados depresivos que pueden llevar hasta el suicidio. Y no hay que olvidar que es la segunda causa de muerte para quienes tienen entre 15 a 29 años de edad, a nivel mundial. En este caso, los extremos en las edades parecen tener una siniestra afinidad,

Estas trágicas cifras ponen en evidencia una realidad que se oculta habitualmente en la prensa y en los telediarios por el efecto dominó que provocan estos macabros datos. Pero no hay que olvidar que en España el número de suicidas duplica al número de víctimas de fallecidos en accidentes de tráfico. Ese dato es desalentador, pues si los accidentes empezaron a bajar en su siniestro número de víctimas mortales en más de un 51% desde 2007 hasta 2014, con 1.873 víctimas mortales en 2014, por la entrada en vigor del carnet por puntos y las diferentes campañas de concienciación de la población; el de suicidios ha ido aumentando de forma imparable en ese desalentador 20%. El año 2014 fue el cuarto año sucesivo de aumento de la tasa de suicidios hasta llegar a duplicar el número de muertes por accidentes. Estas cifras de muertes voluntarias mantiene una tendencia ascendente desde la década de los 80 y, en estos últimos 35 años, la subida se mantiene constante, lo que, según los especialistas, es preocupante y no se puede achacar únicamente al paro ni a los problemas económicos, pues es un fenómeno que tiene múltiples causas.

Las instituciones públicas, ante este alarmante aumento, deben tomar las necesarias medidas de prevención, según indican los especialistas. Estos planes ya existen en otros países como Noruega, Suecia, Dinamarca o Reino Unido,  Sólo en Cataluña existe un embrión de un programa para crear un plan de prevención el llamado Código Riesgo Suicidio, que funciona en dicha Comunidad desde finales de 2015, En dicho programa es el sistema sanitario el que se pone en contacto con el paciente  que ha tenido un intento de suicidio, no a la inversa, para así obligarlo a que se ponga en tratamiento.

La depresión es la primera etapa antes de llevar a cabo el suicidio. Esta dolencia en España supone un 10,5% del número total de afectados por diversas patologías. Afecta mayormente a las mujeres que a los hombres, aunque estos han duplicado el número de ansiolíticos que han tomado durante los años de la crisis económica y en las mujeres el incremento ha sido de un 1,7%. Todo ello hay que unirlo al hecho de que el 75% de las personas depresivas están en edad de trabajar, lo que puede indicar que o no tienen trabajo o realizan uno que está muy lejos de sus expectativas, formación o vocación.

Este trágico fenómeno del aumento de suicidios no es sólo a  nivel nacional, ya que cada año se suicidan 800.000 personas en el mundo y el 75% de ellos se llevan a cabo en países de ingresos bajos o medios. Además, no hay que olvidar que, por cada suicidio, hay muchas más tentativas. Ese intento de suicidio no logrado es el mayor factor individual de riesgo a tener en cuenta.

Aunque existe una extensa literatura de la relación que existe entre las causas del suicidio con los trastornos mentales,  sobre todo con la depresión y el consumo de alcohol y drogas, especialmente en los países de un alto nivel de vida, también se contrasta que muchos se producen  de forma impulsiva en momentos de crisis en los que el individuo tiene mermada su capacidad para hacerle frente a las tensiones que provocan los problemas financieros, las crisis de pareja y las dolencias crónicas, entre otros muchos factores. También, existen otras causas, además de los conflictos personales, como son las provocadas por haber recibido abusos, violencia física o psíquica -lo que demuestra el alto índice de suicidas que han sufrido acoso reiterado en algunas de sus variantes-, además de la soledad y sensación de aislamiento o desarraigo. No hay que olvidar a quienes sufren algún tipo de discriminación como son los refugiados e inmigrantes, las minorías indígenas, los homosexuales, transexuales y los reclusos. Es decir, todas estas posibles causas son factores de riesgo de suicidio, pero el mayor es contar con un previo intento no consumado.

Otros datos relativos a esta dramática manera de morir es la forma empleada para llevar a cabo el suicidio. Los sistemas más utilizados por los suicidas son la ingestión de plaguicidas, sobre todo en zonas rurales agrícolas de ingresos bajos y medios; el ahorcamiento , el uso de armas de fuego. y el salto al vacío  las que ocupan el primer lugar. En cuanto a la época del año más proclive a ello, resulta que es el mes de junio el que presenta mayor número de suicidios.
           
Saber cuáles son los métodos de suicidio más usados es importante para poder crear estrategias de prevención que tienen como base medidas de eficacia ya probada, entre las que se cuentan, principalmente, evitar el acceso a los medios de suicidio, aunque no siempre sea posible porque quien desea morir encuentra, de una u otra forma, la manera de llevar a cabo su trágico plan.

De todas maneras, el suicidio es previsible y se pueden adoptar medidas entre la población, los diferentes grupos (familiares, laborales, de vecindad, etc.). Estas medidas pueden consistir en: la ya mencionada restricción a los diversos medios usados (plaguicidas, armas de fuego, ciertos medicamentos, armas blancas, etc.,), coadyuvada por la información responsable realizada por los medios de comunicación; así como las políticas tendentes a la reducción del consumo de alcohol y drogas. Sin olvidar, la identificación de personas susceptibles de suicidarse como son quienes muestran estados depresivos, consumo alto de alcohol y otras sustancias, dolencias crónicas y personas con estados de trastornos emocionales graves. A ello se uniría la debida capacitación de personal sanitario no especializado, para una debida evaluación y seguimiento de conductas potencialmente suicidas, especialmente de aquellas personas que ya han presentado uno o varios intentos suicidas anteriores.

Todo esto demuestra que el suicidio es un problema complejo en el que entran diversos factores, por lo que es necesaria la colaboración y coordinación de múltiples sectores de la sociedad, no sólo del personal sanitario, sino también del ambiente familiar, educativo y laboral, sin olvidar a los medios de comunicación. A través de todos estos diferentes sectores se puede llegar a una acción conjunta contra este trágico mal en alza, en el que entran diversos factores y, por tanto, necesita una respuesta conjunta y eficaz de la sociedad para ayudar a quien toma tan trágica decisión para que no la lleve a cabo.

Una de las principales barreras para luchar eficazmente contra el suicidio, según los expertos, es el temor por el tabú que existe sobre los trastornos mentales, lo que hace que muchos suicidas en potencia no busquen ayuda médica adecuada por el estigma social que ello representa, negándose así a aceptar una ayuda necesaria y urgente que le puede salvar la vida.

Este estigma o tabú es el que ha impedido a muchas sociedades occidentales abordar este espinoso tema debido a la falta de sensibilización ante el suicidio, este gravísimo problema de salud pública, y el tabú que en muchos países existe para hablar abiertamente de él y buscar soluciones. Tradicionalmente, al suicida no se le comprendía, sino que se le juzgaba desde tiempos inmemoriales -en muchos países está penado-, se le culpabilizaba de su depresión y angustia, y se le condenaba al ostracismo, sin intentar comprender su drama que vivía así en soledad ante la incomprensión de quienes le rodeaban entre los que, muchas veces, estaba su propia familia que no comprendía ni aceptaba que hubiera motivos reales para que el suicida intentara quitarse la vida. Ese deseo de morir, la familia lo consideraba una chifladura o lo achacaba a un mero deseo de llamar la atención. Por este estigma asociado al suicidio, en la actualidad sólo unos pocos países han incluido la prevención del suicidio entre sus prioridades sanitarias, y solo 28 países han confirmado que han creado una estrategia nacional para su prevención.

Este tabú ha impedido, también,  tratar abiertamente este trágico tema y es el que motiva que no haya datos fidedignos, tanto en números como en calidad de los datos, sobre el suicidio y sus intentos. A nivel mundial, sólo 60 Estados disponen de registros civiles fiables que pueden usarse para calcular las tasas de suicidios. Esta falta de calidad de los datos de mortalidad no sólo afecta al suicidio, aunque la sufre mayormente esta causa de muerte por el tabú y la ilegalidad que tiene asociada en algunos países, pero es la falta de notificación expresa de suicidios o la realizada erróneamente, atribuyéndoles a muertes suicidas otras causas distintas, la que dificulta saber con exactitud las cifras reales de muertes por suicidio.

Según los expertos, las estrategias realmente eficaces para la prevención del suicidio necesita una vigilancia eficaz y el seguimiento de los suicidios y sus intentos. El conocimiento de las diferencias internacionales en los métodos de suicidio y las variaciones en las tasas y características, hacen necesario que cada país ofrezca datos precisos al respecto. Para ello, sería necesario el registro civil de suicidios, los registros hospitalarios de los intentos y los estudios a escala nacional que recojan información sobre los intentos de suicidio autonotificados.

Este tema es de tal gravedad que la Organización Mundial de la Salud reconoce que el suicidio es una prioridad de salud pública por lo que, en su primer informe sobre esta cuestión que lleva por título "Prevención del suicidio: un imperativo global", publicado en 2014, hace un llamamiento a la sensibilización sobre la gravedad del suicidio y sus intentos para la salud pública, y le concede a la prevención del mismo una altísima prioridad en la agenda mundial de salud pública. Además, alienta a los países para que desarrollen, o fortalezcan las ya existentes, diversas estrategias integrales de prevención del suicidio dentro de un enfoque multisectorial de la salud pública que no puede permanecer ajena a tan gravísimo problema. En el Plan de acción sobre salud mental 2013-2020, los Estados Miembros de la OMS se comprometieron a esforzarse para alcanzar la meta común de reducir las tasas nacionales de suicidios en un 10% para 2020.

 Ese año está muy cercano y, sin embargo, la cifra de suicidios sigue imparable en su ascenso. Queda mucho trabajo por hacer y poco tiempo para conseguir erradicar un problema que no es solo individual, sino también familiar y colectivo de toda una sociedad que está enferma. Cuando muchos de sus miembros intentan morir voluntariamente, por motivos económicos, emocionales, de salud o de simple soledad, es la mejor prueba de que la sociedad ha fracasado en apoyar a quien lo necesita, en un momento dado, a superar un drama individual. Ese drama que le hace querer morir antes de seguir viviendo en un mundo insolidario en el que los individuos vivimos en nuestra parcela personal de seguridad y aislamiento, sobre todo en las grandes ciudades, donde todos vivimos cerca unos de otros, pero lejos, muy lejos. Por eso, olvidamos que cerca, muy cerca, quizás en la propia familia, en el vecindario, en el trabajo o en el centro de estudios, alguien se debate entre la vida y la muerte.

Sin ayuda ni apoyo emocional, será únicamente su decisión personal la que hará que salga vencedora, una u otra, en la siempre misteriosa y, a veces, trágica ruleta de la vida, en la que todo suicida juega a todos los números del negro mortal. Lo hace porque no hay nadie que le ayude, le escuche, le comprenda, le acompañe y le haga ver que la mejor elección, a pesar de los muchos problemas, angustias y desengaños, es siempre el rojo vital, el rojo exultante de la vida.

Pero para eso hace falta algo que Joaquín Grau, el gran maestro anatheórologo, decía: "Nos alimentamos del amor que recibimos". Y de amor, de esa capacidad de dar calor humano, afecto y comprensión, que es una forma segura de compartir el gozo de estar vivo, esta sociedad está muy necesitada, demasiado. Quizás, porque se han perdido los valores, las creencias, lo que hace al ser humano serlo y le permite saber cuáles son las propias raíces, las que lo sustentan y le hacen crecer. Porque no hay que olvidar que el árbol, cuando se le arrancan las raíces, muere.

Así, el ser humano que ha perdido la fe en todo, empezando por la confianza en sí mismo, se siente una mera pieza prescindible  en el engranaje económico y social y pierde, también, el deseo de vivir en un mundo que se le ha vuelto hostil, extraño e incomprensible, en el que todo tiene precio pero ya nada tiene valor. Ni siquiera lo tiene el ser humano  al que, en esta sociedad deshumanizada en la que hay saturación de información y comunicaciones virtuales, le falta el calor humano, la mano amiga, el apoyo emocional. Todo lo que forma parte de su mundo: la familia, la pareja, el trabajo, las amistades y los afectos tienen fecha de caducidad, todo es fugaz, pasajero, menos la soledad del individuo que crece a medida que se rodea de medios de comunicación virtuales en un mundo que cada vez  es más artificial. Por eso, se le antoja este mundo cada día más ajeno, incomprensible, solitario e indescifrable.  Y desea salir de él, angustiosamente, en momentos de crisis y desesperanza, porque ya no tiene certezas solo incertidumbres, ni valores solo escepticismo, ni creencias solo desesperación. Así es fácil pensar que la muerte es la salida, la única posible de esta encrucijada vital en la que no existe ninguna posibilidad de sobrevivir en este mundo informatizado, tecnificado y virtual, cuando se ha perdido  la partida del juego infernal en el que se ha convertido esta sociedad alienante. Es ese el momento crucial en el que  aparece en la pantalla de cada vida el siniestro mensaje de "game over", en forma de carta de despido, solicitud de divorcio, pérdida de seres queridos, acoso moral insufrible o diagnóstico médico irreversible. Es sólo entonces cuando es fácil darle a la tecla y salir del juego del que ya el deprimido se siente irremediablemente expulsado y sin puerta giratoria para volver a entrar.

En cada suicidio es la propia sociedad la que está certificando su propia culpabilidad e incapacidad para salvar y proteger a todos y cada uno de los individuos que la componen. Es la declaración explícita  de su fracaso como modelo social, como forma de organización humana en la que falla, paradójicamente, su propia esencia: la humanidad.


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