El suicidio

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jueves, 29 de diciembre de 2011

La soledad


            Las Navidades son unas fiestas entrañables que congregan a la familia para la celebración de unas fiestas que tienen sabor a hogar, a seres queridos, a reencuentro con los que están lejos y a nostalgia por los que ya se ausentaron para siempre.
            Por todo esto, pueden ser unas fiestas terribles para quienes carecen de familia, del calor humano que supone la compañía, el cariño, el apoyo y la comprensión de quienes conforman el universo personal e íntimo de cada individuo. Las personas carentes de familia directa y cercana, ese núcleo básico que refuerza los lazos de cada ser humano con sus propia especie y le dan sentido a la vida, muchas veces son confundidas con las personas sin hogar, es decir, los llamado “sin techo”, entre los que se cuenta un sinfín de variedades: mendigos, indigentes, vagabundos,etc., -términos todos estos que parecen sinónimos aunque no lo son, pero éste no es el momento de entrar en su diferenciación-, aunque también carecen de hogar y, por tanto, del núcleo familiar básico de convivencia y afecto.
Sin embargo existen muchas personas que teniendo casa y un hábitat propio, carecen de la familia con la que convivir y se ven abocados a una absoluta soledad, puesto que la mayoría de estas personas aunque tienen parientes lejanos no mantienen con éstos lazos de intimidad y trato frecuente para identificarlos como familia, por vía consanguínea o por afinidad, en el caso de matrimonios y parejas de hecho, y que viven en la más absoluta orfandad de afecto, compañía, apoyo emocional y posibilidad de compartir todo aquello que conforma la vida de cualquier ser humano para que ésta tenga un sentido, un valor que no sea el meramente biológico de supervivencia.
Una de las formas más crueles de marginalidad es la de quienes no tienen más compañía que la de sí mismos, ajenos a cualquier manifestación de afecto, de comunicación y de comprensión, porque el ser humano es un ser sociable, comunicativo que necesita sentirse miembro de un grupo, empezando por el nuclear que es la propia familia y que se va extendiendo a otros grupos humanos de mayor número de componentes y sin lazos de consanguineidad: que fueron formando las, clanes, tribus, poblados y de ahí fueron elevándose a grupos más complejos, extensos en número y territorio y con organizaciones más complejas: países, confederaciones de éstos, agrupaciones económicas, políticas, religiosas, deportivas, etc., es decir, el individuo se va agrupando a quienes, aún desconocidos, tengan un mismo interés, creencia, ideología, afición o por el mero hecho de buscar lazos más allá de los propiamente familiares y vecinales.
La persona privada del grupo primario y el más necesario de todos como es la familia se siente por ello sola, perdida entre la multitud de la ciudad, grande o pequeña en la que viva, desamparada en esa orfandad afectiva en la que, aunque está rodeada de personas, se siente completamente sola y, por ello, tiene miedo.
Las cifras son escalofriantes, ya que en 2001 vivían solas en España, según datos ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en 2004, la cifra de 2,9 millones de personas, casi el doble que en 1991 que era de 1,6 millones, tasa de crecimiento que se habrá duplicado en 2011, siguiendo el porcentaje de aumento de la década anterior, aunque puede ser aún mayor.
Los hogares españoles tienen una media de 2,9 miembros, frente a los 3,2 de diez años atrás, bajada considerable que aún será mayor en esta última década 2001/2011. Entre las personas mayores de 65 años es preocupante que una de cada cinco en este grupo de edad viva sola y no tiene ningún lazo familiar próximo.
Esta tendencia a la soledad que va en aumento, se ve incrementada por el número de divorcios que sigue ascendiendo a pesar de la crisis económica, porque entre cinco parejas que se casan, a los cinco años, sólo siguen juntas dos. En 1991 sólo había 82.000 hogares de personas separadas o divorciadas, apenas el 30% de los existentes en 2001: 167.000 de hombres y 105.000 de mujeres, es decir, 272.000 matrimonios rotos. En la década de 2001/2010 este número se ha triplicado.
Naturalmente la desintegración familiar por el aumento de divorcios y separaciones de parejas de hecho, la tasa decreciente de natalidad con el aumento progresivo de abortos, el ritmo de vida en las grandes ciudades que hace que muchos hijos  independizados se desentiendan de sus padres a los que abandonan emocional y físicamente, muchas veces por egoísmo y/o falta de recursos, las distancias cada vez mayores entre los hogares de los distintos miembros de la familia cuando los hijos se independizan que se desplazan a vivir a otras ciudades o  se quedan en la misma, pero muy alejados entre sí; además de la sociedad consumista y deshumanizada en la que vivimos o sobrevivimos atenazados por la crisis económica, la competitividad más feroz, la indiferencia ante los problemas ajenos y la creencia cada vez más arraigada de “sálvese quien pueda”.
Todas estos factores propician que muchos millones de seres en el mundo se sientan atenazados por la soledad más absoluta, rodeados de otros seres desconocidos e indiferentes en edificios colmenas, sintiéndose olvidados por sus propios familiares, más o menos lejanos pero igualmente ajenos, y por seres desconocidos que transitan a su lado inmersos en sus propios problemas, en sus preocupaciones, sin darse cuenta de las soledades irredentas de quienes pasan a su lado buscando desesperadamente una sonrisa, una mirada, un gesto cálido de afecto y comprensión, porque de nada sirve lo material, el éxito profesional y económico, si es que se ha logrado, si cuando se vuelve a la propia casa, no al hogar en el que falta el calor de otros seres que le den sentido, se encuentran el vació de la soledad, de la incomunicación y la sensación angustiosa de que se está irremediablemente solo.
Hay soledades sin embargo que son buscadas, deseada y gozadas por quienes, por voluntad propia, aún teniendo familia en muchos casos, deciden vivir solos porque la soledad es el estado que les permite una mayor creatividad, dedicación a sus actividades o por mera fobia social. Estas no son soledades perturbadoras, sino complacientes con el propio ego de quien las vive. La soledad terrible es la no buscada, la no querida, sólo sufrida y aceptada por quien ve en ella el espejo de su propia fragilidad humana, de su vulnerabilidad y de su desamparo.
Ya decía Charles Baudelaire: “Los monstruos devoran al hombre en soledad”.  Los monstruos que crean el miedo, la pena y la propia angustia de todo solitario, pero sobre todo, los que crean la indiferencia y la frialdad del prójimo.