El suicidio

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jueves, 28 de enero de 2016

El acoso moral


El acoso moral o acoso psicológico es una de las mayores lacras del siglo XXI en sus muchas variantes: acoso laboral o mobbing, acoso escolar o bullying, acoso sexual, acoso familiar, ciberacoso, acoso  inmobiliario  (para obligar a un inquilino o propietario a desalojar o vender un inmueble) y subvariantes de las antes mencionadas.
En el ámbito laboral el acoso es llamado mobbing, cuyo término se debe al zoólogo Konrad Lorentz que observó que existía el acoso grupal en algunas especies de animales. Además, el psicólogo Heinz Leymann también investigó el acoso grupal y los muchos y graves efectos psicosomáticos traumáticos en el ámbito laboral, al que denominó paramobbing o acoso moral.

Sólo en España el acoso laboral denunciado es superior a 1.500.000 casos anuales y está creciendo alarmantemente. El acoso escolar ha aumentado un 30% en el pasado año. Se están tomando nuevas medidas de prevención y legales para combatir esta plaga terrible que está dejando innumerables víctimas entre quienes la padecen, poniendo de manifiesto que la propia sociedad está enferma al tener en su seno a la gran cantidad de acosadores, desde la más tierna infancia, que proyectan sus propias frustraciones, complejos y agresividad en otros seres humanos que no han hecho nada más para convertirse en un blanco potencial que tener la mala suerte de coincidir en una escuela, trabajo o ámbito familiar con estos depredadores humanos, con apariencia de personas normales, pero siempre al acecho de posibles víctimas de su propia insania mental.

Todo acoso entre humanos es un acoso moral o psicológico, aunque también se puede dar, además del acoso psicológico, la violencia física, aunque ésta no es siempre necesaria para ser constitutivo de acoso el hostigamiento que recibe la víctima y son casos poco numerosos los que la registran.

El acoso moral, se dé en el ámbito que sea, tiene una gravedad extrema y las consecuencias psicológicas, somáticas y vitales en su víctima son demoledoras, tanto en su autoestima como en su percepción de la realidad que el acosador o acosadores intentan destruir para así poder aniquilar psicológicamente a la víctima y que abandone el trabajo, ceda bienes a miembros de su familia, se marche del centro escolar; o bien conceda favores sexuales, etc., según la modalidad del acoso, la identidad del acosado y el lugar donde se produzca.

Especialistas en este espinoso y gravísimo problema como es la psiquiatra Marie-France Hirigoyen, autora de la obra fundamental "El acoso moral. El acoso psicológico en la vida cotidiana" que ya cuenta con decenas de ediciones, afirma que los casos más graves de acoso y que acaban con el suicidio de quien lo padece, deben ser denominados como acoso psicológico y ser tratados como casos de psicoterrorismo.

Por otra parte, el acoso se manifiesta de diversas maneras que son siempre veladas, sutiles y difíciles de demostrar por parte de la víctima, y que pueden revestir diferentes formas en los actos en que se materializa: insinuaciones, mentiras, calumnias, miradas o gestos hostiles, difamaciones, etc.. Es decir, son actos objetivos y observables si hubiera un testigo, lo que rara vez sucede porque el acosador siempre procura actuar sólo ante la víctima del acoso, a no ser que los acosadores sean varios y actúen de acuerdo.

 Con todo este arsenal de ignominia que suponen los actos de acoso, el acosador intenta imponerse al acosado para conseguir su propósito de que haga determinada cosa que beneficia al acosador, además de anular su voluntad, su autoestima y llegando a hacerle dudar de sus propias percepciones, negando la evidencia del acoso y afirmando que son todo producto de la imaginación de la víctima, a la que tacha en privado de padecer paranoia, lo que va mermando la buena fama del acosado ante los demás que empiezan a pensar que lo que afirma el  acosado es todo mentira y producto de su imaginación enferma, en caso de que lo diga, cuando no prefiere mantener silencio ante la imposibilidad de que le crean quienes, por no ser testigos presenciales de los actos de acoso, no pueden creer que el acosador  sea capaz de realizar tales actos de absoluta vileza cuando es en apariencia "tan buena persona".

La violencia psicológica o acoso moral somete a la víctima a una presión psicológica y a un sufrimiento que puede llevarle hasta la depresión más grave que muchas veces termina en suicidio, tal como muestran las noticias de tales sucesos tanto protagonizados por niños o adolescentes y, también, adultos que no han podido soportar los abusos emocionales de los que han sido objeto, en sus lugares de estudio, trabajo, incluso en las familias, lo que es aún peor por la carga emocional que conlleva al ser acosado por los propios familiares y que, por ello, el daño es irreversible y el perdón por parte de la víctima del acoso es imposible por la identidad del acosador y su relación familiar y afectiva con el acosado.

Sólo un 2% de las víctimas del acoso pasan a acosar a su vez a sus acosadores, para lo que hay que tener una capacidad de resistencia moral y de lucidez para llegar a comprender que se es víctima de un acoso frío, calculado y siniestro del que se libra gracias a su propia serenidad, a la búsqueda de pruebas y a la comprensión del perverso proceso que está viviendo por culpa de la vileza de los acosadores, verdaderos psicópatas que disfrutan con el sufrimiento de sus víctimas a las que eligen por ser diferentes a los acosadores: personas nobles, generosas, confiadas y brillantes, cualidades que le faltan al acosador y que saben que nunca tendrán, pero que intentar matar en el acosado, sometiéndole al sufrimiento del acoso para así desestabilizarlo psicológicamente y obligarlo a hacer aquello que deseo todo acosador y, además, liquidar moralmente al acosado psicológica y moralmente y, aún más, en ocasiones, que la víctima del acoso enferme gravemente y ,muera o que llegue a autodestruirse a través del suicidio, como forma definitiva para que el acosador encuentre en ello la victoria de haber acabado definitivamente con su víctima, pero sin tener que hacerlo personalmente y sin mancharse las manos de sangre. Todo acoso es un intento de asesinato moral y, en muchas ocasiones, con resultado de muerte por suicidio.

La diversas etapas del acoso comienzan por la paulatina desestabilización de la víctima para que vaya perdiendo la confianza en sí misma y en los demás y, de esa forma, queda en una situación de total indefensión e incapaz de reaccionar porque no entiende lo que está pasando ni por qué le está sucediendo.

Después, empieza a sentir ansiedad, la que antecede a la depresión. Dicha ansiedad provoca en el acosado un deseo de responder y una actitud defensiva lo que provoca que reciba nuevas agresiones.

Todo agresor no intenta destruir a la víctima inmediatamente, sino que alarga el proceso de acoso lo máximo que puede porque, además del goce morboso y psicopático que experimenta al "sentir" que tiene un cierto "poder" sobre la víctima, aunque sólo sea por someterla a un continuo y despiadado vaivén de emociones por los actos de acoso que recibe, intenta así hacer que la víctima vaya doblegando su voluntad, perdiendo confianza en sí misma, en su propia capacidad de criterio para entender qué está sucediendo y en sus propias percepciones, para doblegar así su rebeldía a través del acoso y conseguir que el acosado haga o le dé lo que quiere, pero siempre negando la realidad del acoso al que lo somete.

No hay que olvidar que detrás de todo acosador, como se ha dicho antes, hay un sociópata (o psicópata), o un perverso narcisista, mediocre, sin empatía, ególatra, inoperante e envidioso de las cualidades del acosado o de sus circunstancias vitales. El acosador es un depredador humano que considere a sus semejantes no como seres humanos, sino como simples piezas de ajedrez, a las que intenta manejar para conseguir sus propios fines sin ningún tipo de escrúpulos. Considera debilidades en el acosado lo que son cualidades humanas destacables entre las que se encuentra la capacidad de empatía, la generosidad, el altruismo, la amabilidad, la inteligencia, la capacidad de iniciativa, la laboriosidad, el alto sentido de responsabilidad, la autoconfianza, la autoestima y todo aquello que convierte a un ser humano en un ser superior a la media. Siempre es la brillantez la que provoca en los acosadores la envidia y el deseo de acosar a quien tiene esas cualidades que le gustaría poder usar el acosador en beneficio de sí mismo y, por ello, acosa a quien las posee para usarlo en su provecho, si es posible, según el caso. o bien destruir psicológicamente a quien detenta esas cualidades, difamándolo  y negando dicho acoso, cuando la víctima se queja de ello, en una evidente campaña de desprestigio, si no puede llevarlo hasta su propio terreno para aprovecharse del acosado.

El acoso es una experiencia vital de consecuencias irreversibles para quien la pasa y, muchas veces, en soledad, porque no siempre puede probar que es víctima de esta lacra que va dejando víctimas mortales por el camino. También, hay muchas personas que han sobrevivido al acoso y, desde entonces, dejan de confiar en la bondad intrínseca del ser humano, aunque su propia integridad moral le impide convertirse en otro depredador humano como es su xacosador, pero sí toma muchas más medidas de seguridad cuando se relaciona con quienes le rodean, empezando por aquellos que, por la proximidad y la confianza, son los más peligrosos para llevar a cabo la cacería humana que es todo acoso que es siempre un intento de asesinato psicológico.

Todo exacosado, por haberlo superado, es un héroe superviviente de una batalla moral en la que muchas veces no conoce a sus enemigos aunque los tenga delante,  porque muchas veces el acosador suele mostrarle su mejor cara e intenta convertirse en un amable confidente dispuesto a escuchar las confidencias dolorosas del acosado -si no lo intenta usando a una tercera persona que usa de correveidile-,  que confía en la buena intención de quien le acosa anónimamente a través de terceros, o de forma tal que cree que nunca podrá descubrirle. Aunque siempre termina por saber cuál es el verdadero rostro de la maldad que se esconde detrás de la máscara del familiar solícito, leal compañero, buen amigo o conocido, y que no es más que un repugnante depredador humano al que  hay que descubrir y hacer que todo el peso de  la ley caiga sobre él con las pruebas que pacientemente vaya acumulando el acosado.

 Sobre todo, lo que más le preocupa al perverso narcisista que acosa es que se le descubra ante los otros y se le califique como lo que realmente es: una alimaña dañina a la que hay que apartar de la sociedad por el bien de ésta, porque el acosador siempre busca otra víctima cuando la anterior ya no la tiene a su alcance, ya que se nutre, como los vampiros lo hacen de sangre, del sufrimiento de quienes, por ser mejores y superiores a él, despiertan su envidia y su agresividad siempre dispuesta a entrar al ataque para compensar su propio complejo de inferioridad, su mediocridad y su perversa naturaleza narcisista, esa que tanto intenta resguardar de las miradas ajenas para que no le descubran en su siempre oculta y maligna identidad de depredador humano.